De Tangos y Heridas

DESPUÉS DEL INSULTO, mientras se serenaba y trataba de parar la sangre, Juan escuchó la voz del cantor que por la radio le decía de cada amor que tuve tengo heridas. En esos momentos, le pareció que esa letra estaba dedicada a él. Entonces esbozó una sonrisa algo triste por cierto y pensó que, si la frase fuera verdad, su caso debería exhibirse ante el mundo como el del hombre más ileso de la historia, y la herida que recién se le había producido bien debería considerarse de lo más absurda. Terminó de afeitarse y se miró en el espejo, el corte no era muy importante aunque sangraba un poco todavía. Bajó la tapa del inodoro, se sentó sin prestarle atención a la molestia, se estaba acostumbrando a ella y así, bien sentado, empezó a acordarse de los sucesos de aquella no tan lejana jornada, a lo mejor casi un compendio de su vida. Total, es domingo, otro domingo que comienza, pensó Juan, la oficina no existía en lo inmediato y él no había repasado los hechos de aquella vez. Había transcurrido ya algún tiempo y no estaba muy seguro, algunas partes no resultaban del todo claras y tal vez, quién sabe, en una de esas ahora con la evocación conseguía algún beneficio.

Esa tarde, un viernes de pleno verano porteño, si bien el trabajo no le había ofrecido alternativas de interés, Juan se largó a la calle cargado de sensaciones y una ardiente fantasía. Le pareció que el éxito le llegaría antes de abrir la puerta de su departamento. Todavía en el ascensor, empezó a cantar, las viudidas, las casadas o solteras, para mí son todas peras en el árbol del amor. Y así cantando llegó a la vereda, miró el cielo y no vio ni una nube. Asándose a fuego lento, le dio un beso a su medallita de la suerte y arrancó, caminó hasta la parada y enseguida vio venir al interno 44. Qué buena fortuna la mía, se dijo.

En el colectivo. Al primer intento la máquina le vendió el boleto y le dio el vuelto justo y entonces, al girar la cabeza con gesto ganador, vio a la muchacha de pelo negro. El que estaba a su lado, como obedeciendo a un mandato, se levantó y se fue, y en ese instante o a más tardar en el siguiente Juan intuyó un destino de cutis suave sentado junto a la ventanilla. Con alguna vacilación ocupó el sitio a su lado y la miró de costado. No era tan negro el pelo de la muchacha, pero él igual abrió el libro en una página cualquiera y aguardó lleno de esperanzas. Ya había intentado el truco de llamar la atención de alguna ocasional compañera de viaje haciendo como que leía un texto medio difícil y poniendo cara de intelectual, lo había probado muchas veces, sí, unas cuantas veces, recordó. El viaje fue bastante prolongado, Juan leía y no entendía nada de lo que leía y cada tanto daba vuelta alguna página y espiaba a la bella y tosía con delicadeza. El viaje fue bastante largo. Ella solamente dijo, al final, dos cuadras antes del final, permiso, señor. Al menos había logrado hacerse respetar.

En el subte. Seis y pico de la tarde, Estación Catedral. La historia vuelve a repetirse, supuso Juan, pero no. Verla en el andén y sentir como un puñal en la carne fue todo uno. Esquivó a algunos y se acercó lo más que pudo. Al subir, Juan logró acomodarse detrás de los pantalones rojos. Meditó entonces en lo azaroso del destino, ya que en verdad nunca lo había atraído el color rojo, al menos no lo tenía presente y no podía perder tiempo. La formación comenzó a moverse. En un par de estaciones, o tres o cuatro, algo se le podría haber ocurrido. Pero ella se bajó enseguida. Una mujer que toma el subte por una sola estación no me conviene, recuerda haber pensado con la satisfacción de haberla perdido para siempre.

En el tren. Dejó salir uno y esperó el siguiente para viajar sentado, tal vez la casualidad le deparara ahora sí alguna sorpresa con curvas. Logró su primer cometido, claro que del lado del pasillo y junto a ese hombre tan robusto y tan sin bañarse, no le agradó demasiado y prefirió hacerse el dormido. El tren no se había movido todavía cuando una fragancia de mujer lo alcanzó y entonces Juan pensó ya no puedo equivocarme, esta vez sí, es ella, la gran mujer que ha llegado a mi existencia. Enseguida, emocionado abrió los ojos y la vio, sí, la vio, y al verla no tuvo más remedio que tomar la iniciativa y dirigirle la palabra para decirle venga, siéntese abuela, yo me bajo acá nomás.

En el bar. Juan no quería darse por vencido, algo tiene que pasar, la pucha digo, cómo puede ser que siempre pase lo mismo, que nunca pase nada, pensó. Quizá por eso le hizo trampa a la rutina y entró a tomarse aunque sea el último café. Una sola mesa ocupada, una joven sola en ella. Y esa pollera tan corta dejaba ver unas piernas que le abrieron todavía más el apetito. La comida está servida, bien pudo haber pensado. Se ubicó a cierta distancia, tampoco era cuestión de pecar por precipitado y fracasar en el intento, se dijo. Una música sonaba en el lugar y parecía poner el mejor marco a un romance a punto de comenzar. Ella lo estuvo mirando fijo un rato largo, parecía suplicarle hablame, rompé el silencio. Él se movió reiteradamente en la silla y poco después de volcar el pocillo y ver cómo la muchacha sonreía, decidió que apenas pusieran un tema de Luis Miguel se le acercaría. El plan le pareció perfecto, sin fisuras, sólo era cuestión de saber manejar los tiempos. Pero ella no tuvo paciencia y fue por Manzanero y su Somos novios cuando la vio caminar y preguntarle algo al mozo, luego los vio alejarse, perderse en los fondos del local y no regresar. Juan dijo una o dos malas palabras, dejó la plata en la mesa, miró a los costados, dos veces, tres veces, robó un sobre de azúcar y se fue sin dejar nada de propina.

En el ascensor. Acá viene la parte más confusa de esa jornada. Juan no tiene muy claro el episodio. Recuerda, eso sí, haberla seguido durante algunas cuadras, mirando cómo su posible amor a primera vista se bamboleaba debajo de la pollera azul. También recuerda haber subido con ella al ascensor. Y hasta acá llegó la supuesta claridad. Porque de lo ocurrido ahí adentro Juan no guarda mucha memoria. Es probable que se haya extralimitado, tal vez lo perturbó la desesperación de la última chance, o la transpiración le nubló la vista y el entendimiento, o quizá resolvió que al fin y al cabo él vivía en ese edificio y consideró tener ciertos derechos, el de propiedad por ejemplo. El intento acabó mal, muy mal, pero ahora el recordarlo le sirvió para aclarar los hechos posteriores, su cabeza los había omitido durante ese tiempo.

En la cárcel. Estaba oscuro allí adentro, al principio nada más que tristeza y quietud, que no duraron mucho. Había tres tipos así que ojo con lo que hacés, vos quedate quietito ahí, vas a abrir la boca sólo cuando yo te diga, le dijo el único que tuvo la deferencia de presentarse. Este hombre tenía un flor de apodo que, luego de los sucesos acaecidos, debió reconocer como muy apropiado. Y entonces Juan cerró fuerte los ojos y apretó fuerte los labios.

En fin. La oscuridad. Las horas de encierro. El gigante del apodo. Su cuerpo y el otro cuerpo. Las risas de los demás, antes, durante, después. El olor encima. Nunca se había creído capaz de oler tan feo y de sudar tanto. En su cabeza ya no había puntos sin aclarar respecto a ese día. Juan debió admitirlo. Después de todo tan errado no andaba el autor de la letra de ese tango, cada amor deja su herida, así que entonces no resultaba tan absurda la suya, la cuenta cierra bien. Qué lindo consuelo, pensó ya de pie frente al espejo. Y por qué mierda tuve que afeitarme si es domingo, otro domingo que para qué, se dijo en voz alta para tapar el sonido de la radio que emitía ahora una milonga. Sin muchas ganas de bailar, contuvo la salida de unas lágrimas y le echó la culpa al destino mientras se pasaba la mano por el sitio de la herida reciente, no demasiado grande en comparación.

Un cuento de Mario Capasso.
Nació el 9 de Marzo de 1953, en Villa Martelli, localidad del Gran Buenos Aires, República Argentina, en la que continúa residiendo.
En el 2003 obtuvo el 2do. Premio del Fondo Nacional de las Artes.
Para contactarse con el autor envíe un e-mail a: mcapasso340@hotmail.com

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