Las mazmorras de Disney

disneyEsta entrada del blog retrofuturista surge de un triple estímulo. El primero. La visión de la nueva campaña de American Apparel, marca definidora de un nuevo erotismo que toca nuestras teclas más íntimas: un tríptico con fotografías de una chica en la cama vestida con una camiseta y, sólo, unos calcetines hasta las rodillas. "Mira, se va a poner de moda el estilo Pato Donald", bromeamos con un amigo, en referencia a ese patito gruñón que se pasea con una camiseta de marinero pero con las vergüenzas al aire. El segundo. Mirando fotografías del día, aparece un niño rodeado de una Minnie y un Gooffy, ese perro gandul al que por alguna razón se le da el privilegio de caminar sobre sus dos patas. Se trataba de la inauguración del megalómano espectáculo de Disney y la magia que hoy se estrenaba en Gran Canaria. Tres. Un vídeo de Jonas Brothers, la banda de rock con pintas de Strokes que ha diseñado Disney y que arrasa en todo el mundo con un mensaje más que blanco, casi transparente: rezan antes de salir al escenario, se declaran castos hasta el matrimonio -llevan el anillo de marras ese de la virginidad- y afirman que lo único que visitan en los tours que hacen son las iglesias de cada pueblo.

Estas tres excusas son buenas para explicar qué hay detrás de la magia de Disney, de esa máquina propagandística con muchísimo encanto y personajes para la historia que ha esparcido su mensaje republicano por todo el mundo.

Al margen de las muchas lecturas conspiranoicas de las películas de Disney, donde, en plan fotografía de Cuarto Milenio, se quieren adivinar sombras de niños desnudos y un montón de mensajes subliminales, el lado oscuro de Disney reside en su nave nodriza: Disneyland.

Allí, se rumorea que nadie puede morir. Si lo hace, lo llevan fuera del recinto, ni que sea a un par de metros, para que no contamine el lugar. "Han venido a evadirse y la magia nunca se puede romper", era el lema de Tito Walt. Así que todos los trabajadores deben dejar sus coches a un par de quilómetros y subirse a un autobús que los lleva por unos túneles subterráneos a los lugares donde deben cambiarse de ropa.

Son muchas las leyendas que circulan sobre la vida en las catacumbas de Disneylandia. Y muchas las que ha recogido Tyler Gray en su libro Wild Kingdom, donde entrevista a testimonios de primera clase como un ex Pluto o un hombre que ha interpretado a Donald, Minnie y a cinco de los siete enanitos.

Allí se cuenta que los trabajadores, a seis dólares la hora, se evaden en bacanales y se drogan más que Maradona para poder soportar tener que sonreír todo el rato y hacer el mono para los niños. Son famosas, también, las películas que ruedan allí, con los animales de peluche empalándose, bebiendo wisqui y fumando marihuana. Las estrenan en un banquete anual para los personajes que tiene lugar en algún punto de so más de dos kilómetros de túneles que recorren el complejo. Películas con stripteasse de la Sirenita o bailes raperos de Pluto.

Esos pasadizos son conocidos como el zoo, porque conviven en armonía ardillas con perrotes y con ratones con minifalda indecente. Allí es donde se relajan de la coreografía lobotomizada que deben desarrollar ahí arriba, en la superficie. No sólo en ellos se divierten los personajes, también lo hacen en el Vista Way, un complejo de mil habitaciones para los trabajadores más pobres, donde no van cortos de fiestas.

Este ambiente se pudo ver en unas ilustraciones que salieron publicadas en la revista satírica The Realist, en 1967, unos meses después de morir el capo del bigotito. Allí, se recrea un poco el ambiente de las catacumbas, con Blancanieves desfasando en plan bukake con sus siete enanos y campanilla haciendo un lapdance delante de Peter Pan.

También se sabe que existe un selecto club, el Club 33, al que se accede por una puerta de la atracción Piratas del Caribe. Una suerte de club de polo, con cuota anual de 15.000 dólares, donde se puede beber y fumar -algo que no se puede hacer en el resto del recinto-. No os apuréis, la lista de espera para inscribirse supera los tres años, y el mundo subterráneo es muho más divertido.

Pero, más allá de todo lo que sucede en las mazmorras de los trabajadores, mi anécdota favorita sobre Disneyworld es la que protagonizaron los Yippies, uno de mis grupos contraculturales favoritos, hermanos malotes y divertidos de los ya sedados como lemmings hippies. A finales de los 70, decidieron protestar contra el código estético y de valores de Disneylandia y contra la colaboración de la empresa en la guerra de Vietnam. Repartieron 500 flyers con su propaganda distribuidos donde se daba un programa del día que incluía un desayuno de Panteras Negras, un encuentro subversivo en el bote del Capitán Garfio, un curso de autodefensa, una barbacoa en la zona del cerdito de Bugs Bunny o, lo mejor, la Liberación Oficial de la Isla de Tom Sawyer. Allí fumaron marihuana como locomotoras, gritaron que se dirigían a Camboya e increparon a algunos animalicos, mientras los visitantes, en defensa de tamaño ultraje, se defendieron gritando a pleno pulmón God bless america. El recinto, por primera vez, cerró cinco horas antes de lo previsto. Yippie!

Fuente: ADN.es Cultura y Ocio

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