Claude Lévi-Strauss

Raza e historia (fragmento)
" Hablar de la contribución de las razas humanas a la civilización mundial podría causar sorpresa en una serie de capítulos destinados a luchar contra el prejuicio racista. Sería vano haber consagrado tanto talento y tantos esfuerzos en demostrar que nada, en el estado actual de la ciencia, permite afirmar la superioridad o inferioridad intelectual de una raza con respecto a otra, si solamente fuera para devolver subrepticiamente consistencia a la noción de raza, queriendo demostrar así que los grandes grupos étnicos que componen la humanidad han aportado, en tanto que tales, contribuciones específicas al patrimonio común. Pero nada más lejos de nuestro propósito que una empresa tal, que únicamente llevaría a formular la doctrina racista a la inversa. Cuando se intenta caracterizar las razas biológicas por propiedades psicológicas particulares, uno se aleja tanto de la verdad científica definiéndolas de manera positiva como negativa. No hay que olvidar que Gobineau, a quien la historia ha hecho el padre de las teorías racistas, no concebía sin embargo, la «desigualdad de las razas humanas» de manera cuantitativa, sino cualitativa: para él las grandes razas primitivas que formaban la humanidad en sus comienzos —blanca, amarilla y negra— no eran tan desiguales en valor absoluto como diversas en sus aptitudes particulares. La tara de la degeneración se vinculaba para él al fenómeno del mestizaje, antes que a la posición de cada raza en una escala de valores común a todas ellas. Esta tara estaba destinada pues a castigar a la humanidad entera, condenada sin distinción de raza, a un mestizaje cada vez más estimulado. Pero el pecado original de la antropología consiste en la confusión entre la noción puramente biológica de raza (suponiendo además, que incluso en este terreno limitado, esta noción pueda aspirar a la objetividad, lo que la genética moderna pone en duda) y las producciones sociológicas y psicológicas de las culturas humanas. Ha bastado a Gobineau haberlo cometido, para encontrarse encerrado en el círculo infernal que conduce de un error intelectual, sin excluir la buena fe, a la legitimación involuntaria de todas las tentativas de discriminación y de explotación. "

Lévi-Strauss, un Quijote moderno
Por Juan Malpartida. Para ABC.ES
Claude Lévi-Strauss es un antropólogo y etnólogo del que tenemos una imagen superficial, o mejor dicho: muy ajustada a la de un hombre frío de ciencia, cuyas obras más conocidas han producido vértigo intelectual, mareos, adhesiones y rechazos más o menos profundos. Ciertamente, obras como Las estructuras elementales del parentesco y la serie Mitológicas son de una complejidad a prueba de neuronas. ¿Ciencia? Él mismo ha dicho que nunca lo ha pretendido y que le parece imposible una ciencia de lo social, aunque sí detectar, dentro de las inmensas variables y acotando bien el espacio de observación, algunas invariantes en el orden del significante. Pero Lévi-Strauss está lejos de la frialdad o de ser un sabio al que sólo le haya interesado un objeto (ciertamente inacabable) de estudio.

Gran sabio. Gracias a algunos textos suyos, pertenecientes a su obra maestra Tristes trópicos (1959), las conversaciones mantenidas con Georges Charbonnier (1961), Didier Éribon, De cerca y de lejos (1988-1990), la biografía de Denis Bertholet (2003) y el pequeño pero atractivo libro de su discípula Catherine Climent (2002), entre otros textos, podemos acceder a una imagen más rica y exacta de este gran sabio: enamorado de la música (quiso ser compositor), amante de la pintura (su padre fue un retratista discreto), coleccionista, apasionado lector de ciertos novelistas franceses e ingleses del XIX, seducido ya en su edad madura por el budismo y el sintoísmo, frecuentador del Japón, fuertemente atraído por su historia y estética, y del teatro Nô, a diferencia de su poco interés por la representación del teatro occidental; don Juan del saber, aunque siempre llegando hasta el final?, en fin: un hombre con un cuerpo que piensa y con un pensamiento que nos recuerda continuamente a la naturaleza. De hecho, siempre se ha sentido atraído emocional e intelectualmente por la botánica (al igual que su admirado Rousseau) y por la geología.

Aunque durante algunos años estudió en el terreno a los indios del Brasil, se trata de un hombre de biblioteca, no un viajero, un explorador o un etnólogo que haya pasado su vida en los trabajos de campo. Es conocido su desdén por los viajeros y exploradores.

En el mercado de las pulgas. Como los surrealistas, Lévi-Strauss se interesó por lo simbólico e irracional, pero, hombre de ciencia, sometió esos datos a la comprensión analítica. Es sabido que solía ir los sábados, con André Breton y otros surrealistas, al parisino mercado de las Pulgas, a la caza de la pieza significativa, tarea en la que es fácil advertir una percepción animista. También ha sido un asiduo frecuentador de subastas de joyas, y por la misma razón.

En alguna ocasión declaró que, al igual que los surrealistas (los collages, por ejemplo, de Max Ernst), siempre tuvo debilidad por determinadas aproximaciones y comparaciones abruptas, inesperadas, que en el orden simbólico y abstracto descubrían, sin embargo, su profunda e insospechada afinidad. Fue amigo de Jakobson, por el que sintió una gran admiración, y en esta línea fue discípulo de Saussure, Troubetzkoy y Benveniste. Por otras razones y afinidades fue amigo de Michel Leris y de Merleau-Ponty, pero no tuvo especial simpatía por los trabajos de Roland Barthes, ni siquiera por los de Foucault. Durante algunos años estuvo cerca de Lacan, aunque nunca hablaron de psicoanálisis o filosofía, sino de arte y literatura.

En política, ha estado más cerca del discreto Raymond Aron que de Sartre, del que admite su genialidad pero del que le distancian sus ideas de la Historia, del mito, de la dialéc-tica. A diferencia de Sartre, que miró la Historia desde las anteojeras de la ideología, Lévi-Strauss, al que se reprocha, no sin precipitación, ignorarla, afirma que hay que aceptar la contingencia irreductible de la misma. Contrario al pesimismo de Hobbes y de tantos otros, ha pensado que lo que funda a la sociedad es la atracción entre los hombres que el pacto social trata de defender del elemento destructor que también nos es inherente.

Aunque muchas cosas le podían acercar a Marguerite Yourcernar, estuvo en contra de su inclusión en la Academia, pero no porque infravalorara su obra sino por amor al ritual de la institución en la que la novedad femenina introducía una ruptura rechazable. Lejos de ser antifeminista, ha sido y es un gran defensor de la igualdad de la mujer y de su importancia en la sociedad: de hecho, buena parte de su rechazo del islamismo se debe a que esta religión oculta a la mujer.

La Edad de Oro. De niño, Lévi-Strauss se sabía de memoria un Quijote abreviado, y él mismo se considera un Quijote en el sentido de interesarse obsesivamente por encontrar el pasado en el presente. ¿No es otro motivo para admirar la cultura japonesa? Como Don Quijote, ha intuido que todo es apariencia, pero no hay un fundamento en la moral (caballeresca o no), sino en el escepticismo que nos lleva de apariencia en apariencia en la intuición placentera de actuar «como si». Quizás no sea ilusorio ver en su pasión por las invariantes de las estructuras, que siempre son una relación que invocan a una naturaleza que nos trasciende, una búsqueda de la unidad en la comunidad de la vida, del sentido, más allá del yo cartesiano sitiado por la conciencia.

Confiesa que mientras trabaja no ha sentido el paso del tiempo. Casi siempre ha escrito oyendo música, asistido por la melodía, ese enigma de la cultura que los antiguos filósofos relacionaron con los astros. A diferencia de Don Quijote, este pensador centenario sigue creyendo lo que su admirado Rousseau: «La edad de oro, que una ciega superstición había situado detrás (o delante) de nosotros, está en nosotros mismos».

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