La función ha terminado, de Leticia Martínez Gallegos

Todos listos para entrar al teatro.

Es una obra para niños, pero el título también resulta atractivo para una mujer que, como ella, pasa de los cuarenta. Teresa vive sola y las artes escénicas han sido su mejor compañía los últimos años. Hace tanto tiempo que no tiene una relación amorosa...

Por fin el acceso. Los adultos entran despacio y los niños corren para ganar los mejores lugares. Teresa consigue primera fila. El acomodo isabelino permite que los asistentes se vean de alguna manera. Última llamada. Las luces se apagan por segundos. De pronto, el centro del escenario se ilumina con un maravilloso tono pastel que presenta a los dos primeros actores congelados. Se oye una voz infantil preguntando sorprendida de dónde salieron esas personas. Risas, música, más color. El hielo de los intérpretes se derrite lentamente. Empieza la acción.

Teresa estira las piernas, saca de su bolsa un celofán con garapiñados. En la primera fila de enfrente, un niño salta, sube y baja de su asiento muchas veces. Por momentos esa actividad se mezcla visualmente para Teresa. Mareo. El niño frente a ella, el escenario en el centro, Teresa del otro lado. Distracción total.

Junto al pequeño saltarín hay un hombre sentado que tiene las manos metidas en las bolsas de su gabardina negra. Más desorden. Un ligerísimo movimiento lateral en la cabeza de Teresa determina dos visiones: el niño el hombre el niño el hombre el niño el hombre el niño… El hombre. ¿Por qué no?

Teresa se acomoda en el asiento. Cruza la pierna, su falda sube sin preocupación. Con las manos toma la rodilla y jala hacia arriba la pierna lo más que puede. El hombre saca las manos de la gabardina para acomodarse el cabello hacia los lados. Teresa baja la pierna, hace puntas con los pies que, poco a poco, obligan a las piernas a un abierto total. Él abre la gabardina. Teresa ve que la gabardina se mantiene abierta: paredes construidas para que nadie, sólo ella, disfrute la tremenda edificación interna. La mujer se hunde en el asiento sosteniéndose con las manos hacia los lados; los pies siguen en punta. El hombre toma agua de una botella. Teresa sigue la ruta de esa lengua masculina que moja el labio superior y luego el inferior. Él seca su boca con la mano. Teresa se reincorpora dejando caer su cuerpo hacia adelante y el escote de la blusa muestra la línea que divide el par de senos. Él saca un pañuelo blanco. Teresa ve cómo el hombre baja la mano con el pañuelo y seca la humedad que se ha formado, ahí. El hombre cierra repentinamente la gabardina, hace una señal extraña y ella comprende que debe salir cuanto antes.

Teresa se levanta de golpe, toma su bolsa, sale temblorosa.

Afuera llueve tranquilamente. Teresa levanta los brazos, se regocija con cada gota que cae sobre su cuerpo ansioso; suelta la bolsa, se abraza con intensidad. El teatro está ubicado en el centro de una reserva boscosa, hay bancas de herrajes garigoleados y farolas que se encienden automáticamente porque empieza a oscurecer. Teresa no deja de ver hacia la puerta del recinto. Recoge su bolsa, camina hacia un lado y otro. Busca una banca en medio del bosque, se sienta, se acuesta, cierra los ojos, recibe la lluvia viendo la luna. Imagina el momento…

Cuando Teresa abre los ojos, la gente está saliendo del teatro. La función ha terminado. Ella está empapada y sucia. Se levanta de la banca, espera hasta que sale la última persona: un hombre de gabardina negra que lleva un niño tomado de la mano.

El hombre ve a Teresa, la recorre de la cabeza a los pies, luego ve al niño y le pide que se adelante. Ella respira agitadamente, sonríe, le ofrece sus brazos, por fin…

El hombre la mira, busca algo en las bolsas de su gabardina y se lo entrega discretamente.

Es una moneda que Teresa contempla sobre la palma de su mano, mientras el hombre se aleja para alcanzar al niño en medio de la oscuridad.

Fuente: La Jornada Semanal

No hay comentarios.:

Publicar un comentario