La carnada, de José Luis Martínez S.

Comparto con mis dos lectores esta interesante crónica que nos ofrece la prestigiada revista literaria Nexos (hoy en línea), y que nos pone al día sobre los acontecimientos en torno al infame secuestro del empresario Hugo Alberto Wallace Miranda.


Juana Hilda González Lomelí escuchó el timbre y salió de su departamento para recoger la orden de sushi que pidió por teléfono. Eran las cinco de la tarde del martes 12 de julio de 2005. Estaba sola y cansada, la noche no había sido fácil con los ruidos y los gritos, con el hombre asesinado y descuartizado en el baño de su casa. Ahora, además de sueño tenía hambre.

Su amante César Freyre, ex policía judicial del estado de Morelos, le había propuesto semanas antes participar como gancho en el secuestro del empresario Hugo Alberto Wallace Miranda. Ella —diría luego ante el Ministerio Público— dudó al principio:

—Tenía miedo de que le fuera a pasar algo a esa persona, pero César me aseguró que no le iba a suceder nada, que sólo le sacaría dinero a su familia.

Aceptó, por eso, conocer y salir con Hugo Alberto, ocultando su identidad con el nombre de Claudia.

En compañía de cuatro amigas Juana Hilda González Lomelí había llegado de Guadalajara a la ciudad de México en 2002 con la idea de grabar un disco. El proyecto se perdió en el camino pero ella encontró acomodo en el grupo Mixto, formado por tres hombres y tres mujeres, y de ahí pasó a Clímax como bailarina cuando este conjunto se escuchaba por todos lados con la canción “Mesa que más aplauda”.

Vivía en el departamento 4, en el segundo piso de un edificio ubicado en Perugino 6, colonia Extremadura Insurgentes, en donde César Freyre, quien ocasionalmente se quedaba a dormir con ella, solía reunirse con sus amigos. El 12 de julio, a eso de las 12:30 de la noche, Juana Hilda llegó con Hugo. De acuerdo con lo planeado, lo esperaban César, los hermanos Alberto y Tony Castillo Cruz, Jacobo Tagle Dobín y su novia Brenda Quevedo Cruz. Cubiertos con pasamontañas, César y Jacobo tomaron a Hugo Wallace por la espalda, pero no pudiendo dominarlo, lo golpearon entre todos.

—Yo me encerré en el baño de una recámara —relata Juana Hilda—, pero escuchaba cómo lo golpeaban y las voces de César y Jacobo ordenándole que se callara. Para que no se oyeran sus gritos, pusieron la televisión a todo volumen. Me pasé del baño a otra recámara y vi cómo César, Jacobo, Tony y su hermano lograban someterlo por completo, aventándolo después en un colchón.

César y Jacobo salieron para mover la camioneta que Hugo estacionó frente al edificio, pero tenía la alarma puesta y el motor no arrancaba. Jacobo regresó al departamento para preguntarle a Hugo cómo desactivarla. Debido a que éste no le respondía, llamó por radio a César quien subió enojado y, diciéndole que “no se hiciera tonto”, lo golpeó hasta que comenzó a convulsionarse. Murió poco después.

—Para entonces ya eran como las tres de la mañana —cuenta Juana Hilda—. César le dijo a Jacobo que debían desaparecer la camioneta, por lo que ambos salieron del departamento y tardaron como una hora en regresar. Todo ese tiempo yo estuve con Brenda en una recámara, sin platicar, viendo la televisión.

César le comentó a Juana Hilda que no lograron encender el vehículo, por lo que llamaron una grúa, pero dos calles adelante la camioneta se derrapó y tuvieron que dejarla ahí.

Para deshacerse del cuerpo, decidieron cercenarlo y meterlo en maletas y bolsas negras de plástico que César, Jacobo y Brenda, en el auto de ésta, un Corsa color plata, fueron a tirar a un sitio hasta ahora desconocido, mientras Alberto y Tony se dedicaron a limpiar el baño donde habían destazado el cuerpo de Hugo.

Alrededor de las 11 de la mañana ellos también se fueron y Juana Hilda se quedó sola. Dos horas antes, para descansar un poco de la situación que privaba en el suyo, bajó a visitar a su amiga Vanessa Martínez Figueroa en el departamento 1.

—Ella me preguntó si estaba bien, pues por la noche había escuchado mucho escándalo y pensaba que César me había golpeado —dice Juana Hilda. (Tan lo pensó que incluso marcó al número de emergencia de la policía, pero nadie acudió a su llamado.)

—Le expliqué que él estuvo bebiendo con unos amigos y que yo había ido al cine. Me comentó que le preocupaba la situación que yo vivía con César, quien en ese momento llegó para decirme que subiera porque tenía que darme unas cosas, lo cual era un pretexto para que volviera al departamento.

Hacia las cuatro de la tarde, Juana Hilda sintió hambre y salió a la calle para pedir sushi desde un teléfono público. A las cinco bajó a recibirlo. A la entrada del edificio había mucha gente, patrullas y policías. Escuchó que buscaban a la muchacha “bustona y petacona” del departamento 4, y les dijo que era ella. Un policía vestido de civil le indicó que habían plagiado a un joven con el que al parecer estaba relacionada, y le preguntó si trabajaba en el restaurante Konditori. Respondió que no. Otro policía le inquirió si estaba dispuesta a ser identificada por el chofer del secuestrado, quien conocía a la amiga de su patrón, y aceptó tranquila, sin reparos.

El chofer no la reconoció. Le dijeron que se fijara bien, pero después de observarla negó que ella fuera la persona que buscaban, quizá porque ese día, desvelada, sin maquillaje, con pants y el cabello recogido, le pareció muy diferente a la guapa mujer que había conocido la noche del 4 de julio, cuando fue a recogerla con Hugo Wallace a un restaurante de Insurgentes.

Los familiares de Hugo pretendieron ingresar al edificio, incluso la madre llegó hasta la puerta de Vanessa pero la policía la obligó a salirse. Ésa fue la primera vez que Juana Hilda vio a la señora Isabel Miranda de Wallace, la madre de Hugo.

—Poco después —contaría Juana Hilda— los policías se retiraron, ofreciéndome disculpas. Antes de que se fueran, les dije que si tenían más preguntas que me las hicieran de una vez, porque al día siguiente, por motivos de trabajo, saldría de viaje.

Hugo Alberto Wallace Miranda acostumbraba llamar a su mamá cada noche para despedirse de ella. El 11 de julio de 2005 no lo hizo. Al pasar las horas sin tener noticias de su hijo —no respondía ni el celular ni el radio ni en su casa—, en la madrugada la señora Wallace comenzó a preguntar telefónicamente por él en hospitales y delegaciones. Por la mañana, como seguía sin aparecer, le habló a su familia para que la ayudaran a buscarlo.

Uno de sus sobrinos sabía que Hugo estaba saliendo con una muchacha “muy guapa” y le preguntó al chofer de éste si la conocía.

—Hace poco pasamos por ella frente a un restaurante de Insurgentes —le contestó—. No recuerdo exactamente dónde está ni cómo se llama, pero si usted me lleva en su coche por toda la avenida, cuando lo vea lo voy a reconocer.

Empezaron a recorrer Insurgentes hacia el sur a partir de Viaducto. Al llegar a Félix Cuevas, el chofer vio el Konditori y le dijo:

—Aquí es.

La posibilidad de que la mujer viviera en los alrededores hizo que comenzaran a explorar la zona. En la calle de Carracci esquina con Cerrada de Empresa, encontraron la camioneta de Hugo, mal estacionada, “toda chueca”, dice la señora Wallace. Su sobrino la llamó y al llegar a ese lugar y ver el vehículo de su hijo, comenzó a llorar.

Un hombre de traje, con lentes, barba y bigote se le acercó para preguntarle si conocía al dueño de la camioneta.

—Es mi hijo —respondió ella—. ¿Lo ha visto?

—No señora —le dijo el hombre—. Pero esta camioneta no estaba aquí anoche, sino a la vuelta; cuando yo llegué vi que bajaban unas personas de ella, pero no puse atención.

A la vuelta estaba la calle de Perugino. La señora Wallace se dirigió a ella y en unos consultorios le preguntó al vigilante por una muchacha como la descrita por el chofer de su hijo. “Vive en ese edificio —le contestó el vigilante—, en el departamento 4”.

La señora Wallace llamó a la Policía Judicial del DF y a la Agencia Federal de Investigaciones (AFI). Pensaba que su hijo estaba secuestrado en ese edificio a cuyas puertas se encontraba con su esposo, sus hermanos y sus sobrinos. Solicitó que las autoridades inspeccionaran el inmueble pero éstas no lo hicieron, y las evidencias que había ahí esa tarde, o se perdieron o fueron descubiertas cuatro días después, como la licencia de Hugo, cuando un juez dictó la orden de cateo.

Juana Hilda regresó a su casa y por radio le informó a César Freyre lo que estaba sucediendo.

—Me dijo que no me preocupara, porque ya se habían desecho del cuerpo, pero que me saliera del departamento.

En compañía de Vanessa y sus dos niños abandonó el edificio alrededor de las siete de la noche, y abordaron un taxi que solicitaron por teléfono. Ellos se bajaron unas calles más adelante y Juana Hilda se dirigió al lugar de Insurgentes Sur que César le indicó por radio —único medio que utilizaban para comunicarse—. Lo encontró con Jacobo y Brenda a bordo del Corsa plata.

En los días siguientes, cada una por su lado, Juana Hilda volvió al departamento por sus artículos personales y Brenda por una pistola tipo escuadra de Freyre. Ambas contaron con la ayuda de Vanessa, a quien César solía pagar por sus servicios.

La señora Wallace pidió que la policía vigilara el lugar, pero nadie lo hizo. Ni la Judicial del Distrito Federal ni la AFI.

—Se retiraron y me dijeron que iban a llevar a cabo sus investigaciones de acuerdo con su protocolo. Desconozco cuál es el protocolo —comenta.

Ella y su familia decidieron montar guardia, día y noche, afuera de Perugino 6. Pensaban que en algún momento podrían sacar a Hugo; quizá vieron entrar y salir a Juana Hilda y a Brenda o rondar por ahí a los hermanos Castillo Cruz, pero no los conocían. “No sabíamos quiénes eran”, dice la señora Wallace.

—Estábamos en un auto —agrega— y a cada rato nos aventaban patrullas diciéndonos que nos moviéramos de allí; la AFI no quería que estuviéramos allí. Pero estuvimos, aun a contracorriente.

Durante ocho días permanecieron en el lugar. Los plagiarios de Hugo ya los tenían identificados y los vigilaban constantemente.

—Habíamos descubierto su escondite y no era improbable que atentaran en contra nuestra —comenta la señora Wallace—. Realmente fue una etapa de mucho arriesgue.

Juana Hilda, César, Jacobo y Brenda se dirigieron a un hotel de la colonia Doctores, en el que se alojaron aproximadamente un mes. Durante ese periodo, afirma ella en la ampliación de su declaración ministerial (8 de febrero de 2006), sus tres acompañantes visitaban ocasionalmente la casa de la mamá de Brenda para “arreglar” en computadora las fotos que le tomaron a Hugo después de muerto y con las que pretendían negociar con la familia Wallace el pago de un rescate.

Juana Hilda casi no salía de la habitación y estaba poco enterada de los hechos:

—César no me quería contar nada porque decía que yo era muy nerviosa —asegura.

Del hotel de la colonia Doctores, los cuatro se trasladaron al segundo piso de una casa ubicada en la calle de Pirineos, a una cuadra de División del Norte y Eje Ocho. Allí Juana Hilda se enteró de que César continuaba frecuentando a su ex novia Keops, discutieron y él la corrió. Se fue al día siguiente; metió sus cosas en dos taxis y se dirigió a una casa de huéspedes cercana al Ángel de la Independencia.

No era la primera vez que César y Juana Hilda peleaban. Ella sostiene que en varias ocasiones pretendió dejarlo, pero le tenía miedo. Su relación era “tormentosa”, él la golpeaba y en una ocasión, ante la amenaza de abandonarlo, le colocó una pistola en la boca. No siempre era así. A veces la trataba bien y le prometía una relación estable para un futuro que nunca llegó.

Trabajó casi dos años en el grupo Clímax, liderado por Óskar Lobo. En algunas fotografías aparece con el conjunto bailando en el escenario, risueña y con ropa ligera. Pero Óskar no la recuerda:

—Quizá alguna vez estuvo con nosotros, pero a ciencia cierta lo ignoro... La disquera Musart se encargaba de contratar a los músicos, a las bailarinas, a los técnicos, a toda la gente que participaba en nuestros espectáculos. Las muchachas no eran exclusivas de Clímax, sino que se contrataban por evento y traían un mánager especial. Yo casi no las trataba por ética, por respeto —dice Lobo en entrevista.

En la versión de Juana Hilda, quien asegura que lo conocía bien, luego de permanecer un mes en la casa de huéspedes, llamó a Óskar por teléfono:

—Le dije que quería trabajar y él me contestó que estaba en la ciudad de Los Ángeles, en Estados Unidos, que fuera para allá porque estaba haciendo dos videos del grupo y tenía varias presentaciones.

Juana Hilda aceptó la propuesta y viajó a Los Ángeles a mediados de noviembre. Allá filmó una película con Clímax y creyó que por fin había terminado su relación con Freyre.

No fue así. César la llamó por radio y, después de su gira, ella volvió a vivir con él, ahora en una casa que él rentaba en la Avenida Tenorios 91, en Coapa. Durante un tiempo no volvieron a hablar de lo sucedido con Hugo Alberto Wallace Miranda.

El departamento que ocupaba Juana Hilda en Perugino 6 tenía las ventanas pintadas de negro. La señora Wallace lo observaba constantemente. Estaba convencida de que ahí tuvieron secuestrado a su hijo y de que la policía no hacía nada para resolver el caso, por lo que era necesario no claudicar en la vigilancia.

—Sentía que si yo me iba de ahí perdería pistas importantes. Iba a perder a personas, objetos, no sé. Había algo que me decía que tenía que permanecer allí, aunque la AFI no quería que lo hiciera —comenta.

Ocho días estuvo en esa calle con su familia, sin dormir, pasando las noches en un automóvil, esperando encontrar alguna pista sobre el destino de Hugo. Después cambiaron de estrategia, dejaron de estar ahí todo el tiempo, pero no de acudir a la colonia y de preguntar a los vecinos, al de la tiendita, al cartero, a los recolectores de basura, a toda la gente que podían, sobre quién vivía en ese departamento cuyas ventanas pintadas de negro eran más que una metáfora.

Así supo que era rentado por una muchacha de Guadalajara que era bailarina. Un vigilante le aportó otro dato: bailaba con el conjunto que popularizó la canción que decía “Za, za, za”. Con esta información, la señora Wallace se enteró del nombre del grupo y comenzó a investigar quién era su dueño o representante, enterándose que radicaba en el puerto de Veracruz y se llamaba Óskar Lobo.

Lo fue a buscar. Al verlo le dijo que trabajaba en un corporativo y quería contratar a su grupo para una fiesta de ejecutivos, pero para hacerlo había
un requisito:

—Me piden —le explicó— que yo presente un CD donde aparezcan todas las bailarinas, porque a mi jefe le gusta una de ellas y quiere que participe en el evento.

Lobo le dio el disco. Al regresar a la ciudad de México la señora Wallace imprimió las fotografías y, con ellas, volvió a Perugino. Tuvo suerte: al verlas, una señora que vendía quesadillas le señaló a la muchacha por la que andaba preguntando.

Al dueño del edificio le exigió una relación con los nombres y teléfonos de sus inquilinos. A través de ésta indagó el nombre de la mujer que arrendaba el departamento 4, el de las ventanas negras: Juana Hilda González Lomelí. Juana Hilda había anotado en esa lista, de puño y letra, un número telefónico que aparecía en el estado de cuenta del celular de Hugo.

Con estos datos la señora Wallace comenzó a buscar a Juana Hilda. Viajó a Guadalajara y en el directorio telefónico encontró varios homónimos, pero no a ella. Sin embargo, sí pudo ubicar a su familia:

—Su mamá estaba vendiendo una casa, y esto me permitió contactarla —relata la señora Wallace—. Traté de averiguar el paradero de Juana Hilda, pero no obtuve nada. De cualquier modo, con el número telefónico que conseguimos, mis hermanos y yo investigamos con quién hablaba la señora, descubriendo que su hija la llamaba de casetas públicas, casi todas desde el sur de la ciudad de México.

La AFI le proporcionó a la señora Wallace las “sábanas” con las llamadas que entraban y salían del domicilio de la madre de Juana Hilda, quien ya estaba enterada de que le seguían la pista:

—Mi mamá me comentó que habían ido a preguntar por mí unas personas; yo se lo platiqué a César y él me ordenó que no volviera a hablarle de la casa, que si necesitaba comunicarme lo hiciera de teléfonos públicos, y lejos de donde vivíamos —declararía Juana Hilda en febrero de 2006—. También me dijo que no me preocupara, que no iba a pasar nada.

Sin explicación aparente, la mamá de Juana Hilda comenzó a llamar a su hija desde una tienda cercana a su vivienda. Ignoraba que ese teléfono tenía identificador de llamadas y que la única vez que Juana Hilda le habló desde su refugio, el número quedó registrado en el aparato.

La dueña de la tienda se lo proporcionó a la señora Wallace, quien así pudo descubrir la dirección de Juana Hilda: Avenida Tenorios 91, Casa 5-C, en Coapa.

Para corroborar que Juana Hilda realmente vivía ahí, la señora Wallace contrató a un “muchachito” en un supermercado de los alrededores. Le pidió que llevara un botellón de agua a la casa que ella le indicaba y, principalmente, que se fijara en todos los detalles, quién le abría, qué aspecto tenían los vidrios de las ventanas, en qué condiciones estaba la puerta. No perdía la esperanza de que su hijo se encontrara en aquel lugar.

El niño cumplió con el encargo. Le informó que le abrió una muchacha, a la que describió con las características de Juana Hilda. La señora Wallace no perdió la calma, durante varios días vigiló la casa. Vio que Juana Hilda entraba y salía acompañada de un hombre. Ella y su hermano comenzaron a seguirlos, utilizando diferentes vehículos para que no los detectaran.

Juana Hilda o Freyre percibieron algo raro, porque la mañana del 10 de enero de 2006 ella contactó a la policía del Distrito Federal bajo el pretexto de que querían secuestrarla. La señora Wallace y su hermano se hallaban en un automóvil frente a la casa de Tenorios 91 y la policía intentó detenerlos pero, tras identificarse, la señora Wallace realizó una llamada “a alguien del DF”, explicándole la situación.

La policía irrumpió entonces en la casa de Juana Hilda y Freyre, habló con ellos, y los dejó ir. Abordaron una camioneta Navigator negra último modelo, dejando en el estacionamiento el auto de Juana Hilda, un Mustang rojo convertible.

—Cuando la vi marcharse, yo entré en cólera —recuerda la señora Wallace—. Tanto trabajo que me había costado localizarla para que la dejaran libre, yo no sabía si volvería a verla. Le hablé al licenciado José Luis Santiago Vasconcelos a la SIEDO, le expliqué lo que pasaba y él me mandó varios Gafes (Grupo Aeromóvil de las Fuerzas Especiales), que hicieron un magnífico trabajo.

Freyre envió a unas personas a recoger el Mustang, pero los Gafes les impidieron recuperarlo. Juana Hilda se comunicó a la caseta de entrada del condominio. La atendió un Gafe que, fingiendo ser el vigilante, le explicó que sólo ella o su pareja podían sacar el automóvil.

—Regresó y ahí la detuvimos —dice la señora Wallace.

Fue acusada de secuestro y delincuencia organizada. En su primera declaración ante el Ministerio Público, el 11 de enero de 2006, Juana Hilda negó los cargos que se le imputaban y dijo que su pareja se llamaba César Antonio Hernández Lozano. Casi un mes después, el 8 de febrero, en la ampliación de su declaración ministerial admitió su participación en el secuestro de Hugo Alberto Wallace Miranda, narró su asesinato y descuartizamiento y nombró a los implicados en el crimen.

Al conocer el destino de su hijo, la señora Wallace decidió no parar hasta localizar sus restos y capturar a los asesinos, lo que ha hecho con sus propios medios. Juana Hilda fue la primera, después siguieron César Freyre, los hermanos Alberto y Tony Castillo Cruz y Brenda Quevedo. Le falta Jacobo Tagle Dobín.

—Y encontrar a Hugo —afirma la señora Wallace—, hasta entonces no doy por cerrado mi caso. Es algo que necesito, quizá mucha gente no lo entienda, pero para mí es vital encontrar a mi hijo, es una cuestión que va más allá de todo. No voy a renunciar.


José Luis Martínez S. Periodista y editor. Autor de La vieja guardia.
Fuente: Revista Nexos

1 comentario:

  1. SI todas las personas fueramos ASI no le darian pie NI pisada a toda la corruptioN k hay en Mexico ojala k DIOS la allude un DIA asuperar el asesinato de su hijo pero el desde el cielo estoy segura k ESTA horgulloso de Mirar k madre tubo y todo lo k hizo por aclarar todo y detener alos responsables dios la vendiga y le allude a superar el dolor .

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