EL COLOR DEL CRISTAL, de Moisés SANDOVAL

Pobre muchacho. Horrible, realmente horrible. El polvo cubría la vidriera empañada de sus ojos. ¡Por Dios! Cómo pensar que en algún tiempo esa mirada fue anhelada; cómo creer que a ese ser también una madre lo arrulló y lo llevó en brazos, y yo lo llevé en el corazón por tanto tiempo. Su cuerpo se hallaba en la primera etapa de descomposición, con un balazo en la frente y cubierto por una especie de sebo que empezó a ponerse negro cuando los muchachos del departamento de periciales removieron la fétida cobija que le sirvió de mortaja, y una vorágine de larvas de mosca ya empezaba a engendrarse en los orificios de la nariz y la boca.

Antes de continuar, una disculpa. Como testigo de los hechos que les voy a relatar, trataré de hacerlo valiéndome de mi personal experiencia, es decir, de la manera más sencilla. Hubiera querido que lo hiciera alguien mejor dotado en el arte del bien narrar, no fue posible: los atropellados días que estamos viviendo no lo permitieron. Así es que me lanzo por propia cuenta a la tarea de poner por escrito estos lamentables episodios que ensombrecen mi vida. También me siento en la obligación de anticiparles que no cuento con una imaginación creadora que me permita introducir en el relato alguna imagen o metáfora lo suficientemente ambigua como para que el día de mañana termine yo convertida en una autora de éxito. Así es que desde aquí y, más que nada con el propósito de no defraudar a los impacientes, los invito a que se abstengan de leer si por un instante sienten la necesidad de hacer una crítica literaria, por muy bien intencionada que ésta sea. Y no sé por qué me propongo escribir esto ahora y no, por decir algo, dentro de un año o dos, cuando toda esta ola de violencia se halla acabado y los ruidosos sucesos se hayan borrado de nuestra memoria, o nunca. Será que esta mañana llamaron mi atención los titulares de la prensa:
SE DESATA LA GUERRA, cuatro policías muertos y dos narcos.
A raíz del asesinato del hijo de uno de los principales jefes de la mafia…
Y la información se me entrecruzó con una foto que descubrí relegada entre las noticias de menor importancia de la nota roja, y con un recuerdo del cual quiero liberarme.

El impacto que me provocó la imagen del periódico (un cuerpo en descomposición sobre la oscura tierra agrietada de salitre) no debió de impresionarme, puesto que fui yo quien realizó las diligencias de ley para levantarlo del lugar en que fueron a tirarlo los sicarios. Sabrán que por la práctica de mi profesión (soy abogada y agente del Ministerio Público) se me encomiendan a diario esta clase de tareas, y el tiempo y la experiencia tienden a nublar la sensibilidad de cualquiera. Pero se trataba de un amigo de la adolescencia. Un viejo amor por más señas.

He aquí mi recuerdo:
Ayudante de albañil a los trece años, Javier acababa de comer de su itacate, todavía le quedaba tiempo antes de que el Maestro de Obra diera la señal de reanudar el trabajo, podía continuar sentado, e incluso tumbarse de espaldas y entregarse a la contemplación de pensamientos gratos, imaginar que iba caminando por la orilla de la playa de Altata conmigo de la mano, como a cada rato me insinuaba. Pero se levantó, quizás echando cuentas del tiempo de que podría disponer, y decidió dar una vuelta por la construcción en la que se encontraba trabajando, sin sospechar que desde un rincón mis ojos lo contemplaban con embeleso.

Como siempre, desde que el mundo es mundo, han existido pobres y ricos, fuertes y débiles, y eso nunca ha sido escandaloso. Hay ejemplos tales y tantos a través de la historia, sea cual sea la época que se haya vivido, y que no vengan los sociólogos a protestar por el origen de la desigualdad y a hablarnos de la rebelión de las masas, que no vengan los comunistas universitarios con sus teorías trasnochadas; porque no hay duda, desde el paleolítico, con el imperio de la fuerza física, la desigualdad ha formado parte de la naturaleza humana.

Pues bien, Javier se hallaba -ya sin escandalizarnos- entre los más pobres de los pobres, y era dueño además de un orgullo casi tan grande como su pobreza. Poseía una dignidad tan… ¿Cómo decirlo sin que la palabra suene ofensiva? ¡Absurda! Ese es el término correcto. Pues bueno, les decía que Javier era dueño de una dignidad tan absurda que ya empezaba a resultarle dolorosa. Sólo hay que tratar de imaginarlo en estas duras circunstancias: un dolor profundo que se va arraigando en su interior, poco a poco, primero como una débil braza cuyo fuego se acrecienta con las adversidades, sobre todo a medida que la edad y la experiencia le permiten percatarse de que la vida no es un cuento de hadas ni un parque de diversiones como lo creyó en su infancia. Ahora, en su situación, ponerse a andar de ocioso delante de todos, aparte de ser mal visto, no estaba exento de ciertos riesgos, toda vez que los desheredados están para cumplir rigurosamente las órdenes, sin añadir por su parte un mínimo de diligencias personales. En pocas palabras, andaba de ocioso el muchacho cuando para su mala suerte lo descubre el Maestro de Obra, y éste, al verlo tan campante, se creyó en la obligación de llamarle la atención, ¡hey tú, pinchi güevon! ¿Pa onde chingaos vas? Palabras más, palabras menos, fue lo que gritó, dirían después los albañiles a la policía, y lo digo yo, que como ya les mencioné, también ahí me encontraba curioseando en la construcción de la que sería nuestra nueva casa.

Oír el grito y percatarse de mi presencia fueron dos cosas que a Javier le ocurrieron al mismo tiempo. Y al reflexionar ahora en las circunstancias de ese preciso instante, concluyo que fue ese hecho, trivial en sí, ese giro de su cabeza lo que cambió el rumbo posterior de su vida. Porque cuando volteó a verme, no sé si rojo de ira o de vergüenza, yo estaba pensando en que no era apropiado quedarme allí parada, y no sabía si debía saludarlo con una sonrisa como cuando nos encontrábamos caminando en la plaza con los ojos llenos de alegría o si debía darme la media vuelta para evitarle la vergüenza de verse empequeñecido y bruscamente desnudado de su dignidad ante mi presencia. Hubo entonces un silencio tan denso, tan hondo, tan penetrante, que parecía que era un silencio de aguas profundas. Y fue como si la maquina del tiempo caprichosamente se hubiera detenido. Javier se quedó pasmado, viéndome desde muy adentro y muy atrás de sus ojos negros, más negros cada segundo. Ya lo verás, dijo de pronto, y no supe si me lo dijo a mí, al Maestro de Obra o a los albañiles. Sólo vi que súbitamente me dio la espalda y le propinó al gritón impertinente un golpe o un empujón en el pecho o en el hombro, eso no lo tengo muy claro. Me refiero a que si fue un golpe, empujón, si fue en el pecho, en el hombro o en la cara, debido a que como habrán de saberlo, no se trata de una película con cámaras apostadas en todos los ángulos posibles, y solo que Javier hubiera sido transparente o yo hubiera tenido alguna especie de rayos X podría asegurar algo de esta naturaleza. Pues bien, sería que el golpe o el empujón fue muy fuerte, pero que tan fuerte puede pegar un muchacho de trece años, sería que el Maestro de Obra estaba mal parado, sería que ya estaba escrito, el caso es que con el impulso, el otro reculó dos o tres pasos y fue a dar de espaldas al suelo, para su mala suerte sobre unos tablones. Pobre hombre, que corta le salió la vida. Ya no pudo levantarse, un clavo mal colocado, diabólicamente preciso se le encajó en la base de la nuca. Todavía recuerdo esos ojos en el momento en que ya nada importa, por unos segundos absortos por la sorpresa, de un color castaño muy claro fueron perdiendo el brillo, poco a poco, hasta quedar finalmente como un espejo empañado.

Que odiosa es la naturaleza humana, en vez de pensar en el hombre muerto, en lo que sería de su mujer y sus hijos sin el soporte del hombre de la casa, pensé en Javier. Virgen Santísima, trece años y llevar en el alma la carga de una muerte. La vida, la muerte, el destino o lo que sea, pende de un hilo tan delgado. Algunos piensan que el porvenir está en nuestras manos y que lo vamos trenzando como se tejen los flecos de un mantón de Manila o como se teje una estola, dos puntos del derecho, echar hebra, dos puntos juntos y echar hebra y vuelta a empezar; dos puntos del derecho, echar hebra, dos puntos juntos y echar hebra y vuelta a empezar. Otros piensan que todo está ya predeterminado por una voluntad superior: todos nosotros, nuestra substancia, la vida, el destino inseparable decretado desde el principio de los tiempos por Iahvé, Jehová, Jesús, Alá, Dios o como quiera que le digan. Fuese por ese incidente o porque así tenía que ser, o porque no contaba con los medios para defenderse adecuadamente y nadie llamó a su puerta para ayudarlo, Javier pasó el resto de su adolescencia en el reformatorio.

Y así fueron pasando los días, largos, larguísimos, con unas horas que se extendían amargas entre mis tardes soporíferas. Dos días, tres días, cuatro días sin saber de Javier, y nadie parecía percatarse de mi sufrimiento. ¿Que importancia puede tener lo que piense una muchacha de trece años? Los días se convirtieron en meses, y los meses, más largos aún, se fueron convirtiendo en años. Y las noticias que de él me iban llegando por boca de su madre eran cada vez más espaciadas en el tiempo, unas veces buenas, otras malas, pero las buenas nunca iban más allá de unas vagas ilusiones, que ya pronto saldría libre, que ahora sí lo soltarían para la navidad, que ya casi, mijita, para semana santa. Hasta que un día alguien vino a la colonia y dijo que se había saltado la barda junto con otros muchachos, luego dijeron que en el periódico salió que lo habían identificado en un asalto a una farmacia donde una muchacha terminó perdiendo la vida, y otro día dijeron que lo habían visto en una fiesta despilfarrando dinero como todo un magnate.

Toda esa imprecisión en las noticias infundía entre la gente de la colonia un insidioso endiosamiento. Como si Javier ya no fuera aquel muchacho pobre, trabajador y honesto que fue injustamente culpado de un crimen que nuca tuvo la intención de cometer, sino que en cualquier momento fuera a aparecer por el medio de la calle, ya hecho un hombre y alzando la cabeza como un héroe, y no había quien les metiera en la cabeza que es en esa manera de pensar, en esa idealización de los villanos es donde está la raíz del vicio de toda una raza.

El tiempo, que todo lo cura, hizo que poco a poco esa ausencia fuera siéndome soportable. Para cuando ingresé a la facultad de Derecho ya habían quedado muy atrás aquellos besos que nos dimos a escondidas entre los arbustos del parque. Terminé mi carrera, empecé mi servicio en la agencia segunda del Ministerio Público, y de Javier sólo muy de vez en cuando me llegaban lejanas referencias, todas indirectas. Por ejemplo, vi cómo fueron mejorando las condiciones de vida de su madre. De aquél jacalón ya no quedaba nada. Por lo que concluí que aquella enorme casa de dos pisos, con un insólito altar a la virgen de Guadalupe en una esquina del patio, quizás era un intento del hijo descarriado para engatusar el cariño de su madre. Aunque a la pobre mujer nunca la vi alegre. Por el contrario, se le fue el frescor de la cara como si anidara en su ánimo una gran tristeza, y lo realmente inquietante era la expresión de su mirada, o mejor sería decir la falta de expresión, sus ojos daban la idea de estar muertos, como cubiertos por una polvareda de congoja.

Ayer nos llegó una llamada anónima. Nos informaban que a la orilla de un camino vecinal yacía el cuerpo de un desconocido, envuelto en una cobija. Cuando llegamos, los de periciales ya estaban acordonando el área. Un relente nauseabundo flotaba en el aire como una mariposa putrefacta. El mismo espectáculo siniestro de siempre: un ajuste de cuentas. Siguiendo la regla, el cadáver tenía un orificio de bala en la frente y una gran cantidad de larvas de mosca en los orificios nasales y en la boca, por lo que concluí que se encontraba en la primera etapa. Y es que el primer testigo de una muerte casi siempre suele ser una mosca. Tienen el sentido del olfato tan agudo que en ocasiones vuelan hasta tres kilómetros para acercarse a un cadáver todavía fresco. En eso estaba pensando cuando uno de los investigadores se acercó a mí y me mostró la credencial de elector que encontraron entre las pertenencias del cuerpo. ¿Era eso real, pues? ¿Esto es lo único cierto de la vida? No podía ser. Era el nombre de Javier el que estaba leyendo. ¡Por Dios! Cómo imaginar que ese bulto de cabello enmarañado había sido amado. Cómo imaginar que a esa creatura también una madre lo llevó en brazos, y yo lo tuve en el corazón por tanto tiempo.

Todo es según el color del cristal con que se mira, es refrán conocido y de mucha aplicación, pero no es tan obvio como pareciera a quien se satisfaga con el simple significado de las palabras. En verdad, todo depende de la manera de ver las cosas según sea el sentimiento de quien esté mirándolas. Por ejemplo, si le preguntáramos a alguien, cómo van las cosas, no contestaría lo mismo si la pregunta la hiciéramos a quien yéndole mal, espere días peores, o que le preguntemos a otro que teniendo su presente resuelto, del futuro sólo anhele la prometida dicha que el Señor tiene que cumplir. Un bicho menos, todo bien mientras se elimine únicamente la escoria, eso me decía yo cada vez que recogíamos el cuerpo de algún infeliz ejecutado por la mafia. ¿Dónde está la justicia divina, para morir de esta manera? Me pregunté ayer, indignada, cuando descubrí al ser humano que habitó los restos ahora corrompidos. Y en este momento pienso que mucho se ha hablado de lo que está hecha la vida, de como vamos creando con el propio esfuerzo nuestro destino, pero a veces es la casualidad la que se interpone y desvía el rumbo por oscuros senderos. Y es la casualidad la que finalmente determina la vida.

¿Cuándo acabará esta guerra? Ya debe encontrarse en su etapa final. La furia siempre se recrudece en los últimos estertores de la batalla. No tardará, me digo para darme ánimos, y de antemano sé que me estoy engañando. Hoy aparecieron once cadáveres apilados unos encima de otros, dos de ellos decapitados. Los jefes de la mafia, posesos de la furia, echando espumarajo por la boca tal como si los hubiera mordido un perro rabioso, arrojan a sus tropas a la batalla más bestial de la que hayamos tenido noticia, matando a sus rivales, a sus mujeres, a sus hijos y sobrinos, pobres ovejas que no tienen otra culpa que estar emparentados con lobos y verdugos. ¿Cuándo se hará el recuento final? Tantos muertos allá, tantos acá, algunos culpables, los más, victimas inocentes que tuvieron la mala suerte de hallarse en el momento y en el lugar menos indicado, unos más cerca y otros más lejos de nuestras querencias.

La madre de Javier vino hace unas horas y se llevó el cuerpo de la morgue para velarlo en su casa. Cuando vio a su hijo sobre la plancha forense, pensé que iba a estallar en llanto, pero no hubo un cambio perceptible en su rostro ya de por sí entristecido. Lo primero que hizo fue persignarse y luego rezó un rosario al espíritu santo. Y antes de irse me dijo que en su alma siempre llevó el presentimiento de esa muerte, y que su hijo no hizo más que recorrer el camino para el que ya estaba predestinado, que por eso regresaba a su casa sin el peso de la duda de cuándo le avisarían que lo encontraron muerto.

Hoy, las cosas siguen igual, día tras día: pelotones de soldados recorren la ciudad, van y vienen, salen y entran, y un ser humano nace cada segundo en alguna parte mientras que aquí otros mueren y aparecen en los terrenos baldíos con el vientre hinchado, y es asombroso las cosas que los muertos dejan tras de sí: los recuerdos son como las valijas que la gente deja en los camiones o en las salas de espera y que nadie reclama. El año pasado recogí la cartera de ese hijo del tendero que se metió de narco y al cabo de los meses apareció muerto. Había una pequeña foto de una niña sonriente ahí dentro. Me sentí tan triste al verla. Ahora imagino que ella anda por ahí, y que de su padre no le quedó otro legado que su recuerdo y, que al recordarlo, su sonrisa se amarga y desvanece como una hermosa luz resplandeciente que poco a poco se apaga. He soñado que estoy contemplándola desde un promontorio, la niña va en un barco que se mece sobre las olas, flota suspendida sobre la salobre agua, somnolienta. Adiós. Y en una curiosa metamorfosis, es ella y soy yo quien navega sobre la mansa corriente. Yo, la querida, la reina que se marcha hacia el pasado donde la esperan sus fantasmas. Y a cada lenta ondulación la sonrisa se eleva, se hunde hasta desvanecerse en la lejanía.

Concluyo pensando en que el crimen ya se apoderó de todos nosotros. Desearía poder ofrecer una solución, pero no hay tal. Desearía poseer una especie de sabiduría que explique cómo acabar con la monstruosidad de la violencia, pero no hay tal. Tampoco puedo ofrecer un consuelo a todas estas gentes que sufren. A cambio les di mi testimonio y les doy ahora una certeza. Ahora lo entiendo, todo es según el color del cristal con que se mira.

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