Ojos, de Ricardo Guzmán Wolffer

Para miradas, las de mi vieja, pero no sólo sus miradas, sino los ojos. Verdad de Dios que sí. Algunos días, ni bien bosteza y ya les escurre melcocha, toda la cara es una máscara pegajosa, me besa y dice palabras amorosas. Conforme avanza el día, se le va endureciendo el rostro. Llegan los cobradores, que suelen ser muchos, y les avienta rayos y puñales con las pupilas. Por lo menos dos han muerto así. En la tarde, mientras se enajena ante la televisión, quedan como con cataratas, tal es el efecto de los romances de pacotilla. Hace una semana pasaron una película de vampiros, le goteó sangre de los párpados por más de una hora.

Lo tremendo sucede en las noche. Antes solíamos revolcarnos y los ojos le quedaban en blanco. Ahora, mientras duerme, las cosas más extrañas suceden. La primera vez creí que todo era producto de mi imaginación. El ojo izquierdo se le salió de la cuenca y estuvo dando de brincos sobre la cama hasta el amanecer. Entonces regresó a su lugar, como si la luz le lastimara. Después fueron los dos ojos. Se correteaban por entre mis orejas y luego se me iban a esconder entre las piernas, supongo que a platicar con mis otros ojos. Una vez el gato casi se los merienda, pero a tiempo saqué al minino del cuarto. Desde que mi vieja toma pastillas, sus globos están peor . Se le hinchan o alargan y ya no se contentan con molestarme, van con los vecinos, a verlos en sus luchas sexuales. A veces, cuando mi mujer ha tenido un día difícil, sus ojos le ruedan por los hombros o se van a bucear a la pecera de la cocina.

Lo mejor fue hace una semana; observé a los ojos voladores metiéndose entre los libros. Entonces comprendí de dónde venían las charlas de mi compañera, sus argumentos propios de un erudito, esa nueva concepción del universo Kantiano: todo por culpa de sus ojos. Son muy traviesos, han llegado hasta a meterse en las botellas de ron y tequila y eso que ella era abstemia.

A veces, al despertar, dice haber soñado y que sus ojos se le fueron por ahí. Besándole el rostro, la abrazo y la consuelo, poniéndole sus gafas de invidente.

4 comentarios:

  1. estoy de acuerdo, es una mierda.

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  2. anonimo
    los 2 anonimos previos estan bien sonsos. pobrecitos

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  3. concuerdo con el tercer anónimo, los dos anónimos —el primer y el segundo —no saben apreciar la buena literatura, me imagino que están acostumbrados a la literatura barata de esa que venden en los puestos de revistas...

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