Relato íntimo de la ebriedad, de Guillermo Fadanelli

Cuando era niño me sorprendía ver que mi padre, luego de beber una botella de vino, sonreía de manera poco habitual. Tal vez pensaba que si reía sus hijos le perderíamos el respeto. No andaba errado, porque su mano dura había dejado huellas en nuestro ánimo y no perderíamos oportunidad de tomar la plaza o al menos de escapar por unos momentos de las miras de la autoridad. En aquel entonces yo no sabía cuánta felicidad sabe ofrecernos el vino. Aún estaba yo instalado en mi pútrida adolescencia cuando mi padre se enamoró de una mujer más joven y nos abandonó durante una década entera. Llamar pútrida a mi adolescencia no es un reproche al hombre que se marchó de casa, es simplemente que los adjetivos son la sal de la vida. Quiso la mala suerte que la joven mujer de mi padre muriera antes de cumplir los treinta y entonces él bebió más que nunca: sufría, trabajaba a todo vapor como fue siempre su costumbre, pero en sus ojos y en su aliento las huellas del vino anunciaban ya cómo habría de ser su caída. Volvió a casa y mi madre lo recibió. Para entonces yo no conocía aún las desgracias que el vino trae consigo si lo bebes cuando has perdido el espíritu.

Dos veces mi mujer me ha contado la historia siguiente, pero aguardo a que pierda la memoria y vuelva a relatarme de nuevo los hechos. Me dice que antes de la cena navideña su padre solía dar de beber tequila al guajolote por no sé qué razones culinarias, las cuales harían de la carne del pavo un manjar de excepción. Y como nadie más en la familia era aficionado a la bebida, el padre acompañaba con unos tragos al ave condenada a muerte. Parece que al fin ambos terminaban ebrios. Y yo desde entonces no he vuelto a escuchar una historia de tan intensa fraternidad entre el verdugo y su víctima, pese a que ambos pertenecieran a especies así de diferentes. Y traigo esto a cuento porque el vino nunca está ausente en la casa, en la muerte y en los escasos lapsos de felicidad que nos son ofrecidos cuando los dioses se duermen o se emborrachan olvidando que su deber es hacer de nuestra vida una desgracia. Las casas donde el vino ha sido expulsado deben ser más tristes que un árbol seco o cementerios donde todos los cadáveres duermen en la misma posición.

Hace unas semanas durante su cena de cumpleaños mi sobrina que tiende a la anorexia me preguntó por qué los egipcios habían sido tan flacos. No sé qué imágenes habrá visto mi sobrina, pero así como buena parte de la cultura occidental suele remontarse a los egipcios, ella cree que allí debieron vivir las primeras modelos de pasarela de la historia. Lo que hice fue contarle un relato que leí en Euterpe, el segundo de los nueve libros que forman las Historias de Heródoto. Estos libros que leí cuando joven contienen tantos chismes como hombres hay en la tierra y muchos de estos chismes son narrados como si el que los escribiera hubiera preferido narrarlos al oído de los lectores. En el pasaje de Euterpe al que me refiero se dice que los egipcios se purgaban tres días seguidos durante cada mes usando vomitivos y lavativas porque pensaban que las enfermedades del hombre nacen de los manjares que le sirven de alimento. Dice Heródoto que, después de los libios, los egipcios eran los seres más sanos sobre la tierra porque además de purgarse su clima no cambiaba mucho y es de sobra conocido que el cambio constante de clima resulta nocivo para la buena salud. Los ricos hacían sus cenas pomposas y una vez consumidos los alimentos se paseaba la réplica de un cadáver entre los invitados a quienes se les exhortaba con estas palabras: “Mírale, bebe y huelga, que así serás cuando mueras”. Y entonces se ponían a beber un vino que hacían a partir de la cebada que no de la uva. Todo esto lo cuenta Heródoto y tal es como yo se lo narré a mi sobrina cuya máxima ambición es ser egipcia y tener las costillas pegadas a la piel.

Casi todos los ebrios son pusilánimes pues así lo son en su vida de sobriedad, pero los pocos que suelen ser simpáticos son una inesperada bendición. Yo conozco a unos cuantos, que cada vez son menos, y cuando uno de ellos se retira de la arena porque su cuerpo o su ánimo han sido mermados por la bebida, me inunda una melancolía de tintes oscuros que no suele acosarme ni en los momentos de mis más insólitas dudas. Algún día todos mis amigos marcharán, no en búsqueda de nada, sino en perfecta huida. El consuelo a esta desbandada lo encuentro en ciertas novelas de cuyos personajes he terminado haciéndome buen amigo. Ellos permanecen, no obstante que sea yo el que los visite con menos frecuencia. A quien más aprecio es a un hombre que habla de sí mismo como si llevara diez años de muerto y que dice sentirse como un montón de doblones de oro enterrados en el fondo del mar. Es un escritor maduro, cansado y que ha tenido que convertirse en guionista de cine para obtener unos cuantos pesos. Se le describe como “la ruina errante que de vez en cuando aparece en alguna que otra revista de circulación masiva con historias cada vez más corrientes”. Es Manley Halliday un ebrio al que intento conocer acudiendo una vez cada año a las páginas de El desencantado. Para un escritor de pasado alcohólico como Manley una sola copa puede ser el comienzo de la última caída. ¿Pero quién no va a beber rodeado de tanto palurdo como los hay en el mundo del cine? Hay que aprender a estar borrachos todos los días y cuando la lección termine entonces vendrá la muerte. Eso lo saben quienes forman parte de la santa hermandad del vino.

El que bebe no necesita pedir perdón, esto sobra y vuelve más triste la estancia en el mundo, dar excusas cuando no se hace nada más que beber es absurdo y pueril.
La ansiedad por el vino suele ser desastrosa y el remedio contra esta sed es contrario al que se da contra la mordedura del perro. Si quieres que el perro no te muerda sólo hay que correr tras de él. En cambio, si bebes antes de estar sediento es seguro que la sed no te alcance. Eso lo ha escrito Rabelais en el capítulo cinco de Gargantúa y Pantagruel reviviendo una cotidiana conversación entre bebedores. Los ebrios son quizás las únicas personas en el mundo que han sostenido por unas horas la conciencia de la eternidad, ni siquiera los mártires o los héroes podrían experimentar en su ser tan profunda sensación. Uno de los bebedores de Rabelais nos aconseja con voz entusiasmada: “Beban siempre y jamás morirán. Si yo no bebo me quedo seco y mi alma se escapará a cualquier criadero de ranas. Las almas jamás habitan en parte seca”. La culpa fermenta en exceso el alma y de ésta comienza a emanar un aroma a cadáver que los bebedores podemos reconocer incluso a enormes distancias. Los sobrios acusadores, los “sanos” que no aciertan a ver a un hombre beber sin sentir pena o desprecio no merecen estar en la mesa de los hombres honrados. Yo los detesto casi tanto como el poeta Carlos Barral, quien además describió su encono con muy buenas palabras: “Los abstemios apostólicos suelen apoyarse, aunque nadie les contradiga, en los argumentos de una sanidad inhumana, mecanicista, que habla por estadísticas y enseña órganos corrompidos y disgregados por el alcohol, desde luego, pero no más destruidos que por otras mil causas. También esgrimen paparruchas de sociólogos que relacionan el alcohol con la delincuencia, con el deterioro de las relaciones humanas, con la perversión de la sexualidad y la catástrofe de las familias. Ignoran la gloria de los paraísos artificiales, el aliento a la imaginación creativa, la mitigación de las timideces y la burbuja de cordialidad y de solidaridad con la que el alcohol envuelve a los que lo aprecian. Me pregunto cómo justificarán, cuando son creyentes o piensan serlo, la función litúrgica del vino o la mitología del cáliz”.

Mi padre tuvo dos hermanos menores que, como buenos hombres, bebieron desde más o menos temprana edad. Ninguno de ellos se dedicó de tiempo completo a los vinos, antes de eso tuvieron hijos y marcharon, aun cuando se visitaban a menudo, por distintos caminos en la vida. Uno de ellos acumuló cierta modesta fortuna y el otro siempre anduvo flojo en el trabajo, aunque no dejó de llevar comida a su casa. Uno tenía más estudios y ocupó cargos importantes en el gobierno mientras que el otro rondaba de manera azarosa puestos mucho más humildes que los de su hermano. Y mi madre, quien no cesaba de dar opiniones cuando nadie se las pedía, hacía notar a su esposo la injusticia que se cometía cuando sus cuñados se entregaban a la bebida. Si el que es más pobre toma unos tragos se le censura, afirmaba mi madre, se le llama borracho y se le escatiman cada una de las gotas de la botella. En cambio, si el pudiente se embriaga nos reímos, lo celebramos y la crítica más dura que hacemos es decir que se le pasaron las copas. Ella tenía razón pues sólo a las malas personas se les ahorran adjetivos y los eufemismos para describir a los ebrios son verdaderas pedradas en el espíritu. No sé si tener un poco más de dinero en el bolsillo hace que el beber sea más apreciado por las personas, aunque lo contrario es cierto: la pobreza hace sospechoso al ebrio porque uno se pregunta si se puede disfrutar del licor cuando se sufre por la escasez. Yo que he sido pobre catorce veces en la vida recomiendo llevar consigo un billete, aunque sea prestado, cuando se va a beber, un billete que no será gastado sino que deberá conservarse todo ese tiempo en el rincón del más escondido de los bolsillos. Si se hace lo anterior entonces el vino no se pudrirá en el estómago y los astros continuarán su camino.

Es cierto que he leído a Séneca y no me avergüenzo por ello, ni por ninguna otra de mis lecturas. Creo que es bueno leer a un moralista que se contradice y más si ha cometido adulterio y ha caído varias veces de cabeza en el pozo de los placeres. En su De la vida bienaventurada escribe que “el placer es bajo, servil, flaco, caduco, y su sitio y domicilio son los prostíbulos y las tabernas”. En algún otro pasaje acusa al vino de ser placer para los que se entretienen torpemente. De esta blasfemia deduzco que el sabio romano cordobés tuvo que haber bebido a cántaros. Uno predica lo que no hace y es ésta la regla moral por excelencia. Yo nunca he bebido solo, mas me atraen las personas que se emborrachan en soledad. Y si después de unos tragos balbucean o hablan al aire es que deben ser unos santos. Mi padre bebió siempre rodeado de amigos, pero cuando todos se alejaron o murieron comenzó a beber solo. Se enclaustraba en su recámara y bebía un brandy que almacenaba en una garrafa de cristal cortado. Eran sus gustos. Me sorprendió y emocionó que a su entierro fueran tantas personas. ¿De dónde salieron? No lo sé, pero yo apenas si conocía a unas cuantas. Me causaron un sentimiento contradictorio, por un lado quería reprocharles que hubieran abandonado a mi padre en sus últimos años, por otro quería abrazarlos, agradecerles que estuvieran allí rodeando su ataúd. No hice ninguna de las dos cosas. ¿Qué se puede hacer en un entierro, sino callar? En La hermandad del vino el personaje de Arturo Bandini también enmudece cuando asiste al entierro de su padre, el recio, borracho cantero Nick Molise, y después de verlo tendido en su ataúd, maquillado, el rostro liso y las mejillas coloreadas dice en silencio: “Ese no es el viejo, ese es Groucho Marx y cuanto antes lo enterremos, mejor”. En fin, los borrachos hablan siempre más acerca del padre que de la madre y esto es cierto aunque no se pueda comprobar.

Fuente: revista Nexos

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