La perseguidora, de José Luis Martínez S.

De cómo la señora Wallace rastreó y detuvo a los asesinos de su hijo


A las tres y media de la tarde del lunes 11 de julio de 2005, un día cálido y soleado, la señora Isabel Miranda de Wallace se despidió de su hijo Hugo Alberto. Estaba sentada en el escritorio de su estudio cuando él entró a pedirle la bendición. Fue la última vez que lo vio con vida.

Hugo, quien pronto cumpliría 36 años, estaba divorciado, tenía una hija y vivía solo. Pero todos los días visitaba a su madre y solía telefonearle cada noche.

Esa vez no lo hizo. Ella, extrañada, le habló a su casa, al radio, al celular. El silencio comenzó a angustiarla. A la una de la madrugada marcó el número de Locatel. “Me tacharon de loca” —recuerda la señora Wallace. Iban a llamarla de ese modo durante los años siguientes. De momento, le preguntaron la edad de su hijo y la fecha en que había desaparecido. Al ver que Hugo Alberto tenía 35 años, y que sólo habían transcurrido unas horas desde la última vez que fue visto, se negaron a tomar el reporte.

La señora Wallace pasó la noche en vela. Indagó en hospitales y delegaciones. No hubo noticias. Por teléfono, localizó a uno de los choferes de Hugo y le preguntó si sabía algo de él. El empleado contestó que no. Desesperada ante la falta de noticias, la señora Wallace le pidió que fuera a la casa de su hijo, ubicada en un condominio horizontal en la calle Galeana número 18, en San Jerónimo. El chofer siguió la orden e informó que la cama estaba intacta. Hugo no había llegado a dormir.


En el buró de la recámara había un celular. Cuando revisó las llamadas, la señora vio que Hugo Alberto tenía una reserva para el Cinépolis de Perisur. Acudió a ese lugar, pero no encontró nada. Para entonces, la familia entera participaba en la búsqueda.

Uno de los sobrinos de la señora Wallace, Jorge, recordó que su primo había conocido hacía poco a una muchacha, “muy guapa”, con la que estaba saliendo. Luis Alberto, otro de los sobrinos, que en ese momento se hallaba en el extranjero, así como el chofer de Hugo, la conocían. La vieron una noche en que el joven empresario (dedicado a la venta de publicidad) pasó a recogerla a un restaurante de Insurgentes Sur.

“¿Cómo se llama el restaurante?” —le preguntó Jorge al chofer. “No sé —respondió éste—. Pero si usted me lleva en su coche, cuando lo vea lo voy a reconocer”.
Empezaron el recorrido a partir de Viaducto. Al llegar a Félix Cuevas, el chofer señaló el Konditori: “Aquí es”. Preguntaron al gerente y a las meseras, pero nadie recordaba a la muchacha blanca, alta, guapa, de buen cuerpo y con el pelo teñido de rubio, que Jorge había descrito.

La posibilidad de que la mujer viviera cerca de ahí los llevó a explorar la zona. En la calle de Carracci esquina con Cerrada de Empresa, en la colonia Extremadura Insurgentes, encontraron la camioneta del empresario. Jorge se comunicó con su tía para darle la noticia. La señora Wallace se trasladó a Carracci, vio la camioneta abandonada, mal estacionada —“toda chueca”, comenta—, y se puso a llorar: supo que algo había pasado con su hijo.

Un hombre se acercó a ella:
—¿La camioneta es suya? —le preguntó.
—No —le respondió—. Es de mi hijo, ¿no lo ha visto?
—No, señora —dijo—. Pero esta camioneta no estaba aquí anoche, sino a la vuelta; cuando llegué, vi que bajaban unas personas de ella, pero no puse atención.

A la vuelta estaba la calle de Perugino. En unos consultorios le preguntó al vigilante por la muchacha que le habían descrito.
—Vive en ese edificio —contestó, sin dudar, el vigilante—, en el número 6, departamento 4.

En menos de 24 horas la señora Wallace había encontrado la casa de seguridad donde —no tenía manera de saberlo— habían asesinado a su hijo.

A Hugo le gustaba comprar y customizar —es decir, modificar— motocicletas que inscribía en exhibiciones y concursos para después revenderlas. En ese ambiente encontró a Jacobo Tagle Dobín, hijo de un hombre al que Hugo le había comprado un terreno. Sostenían un trato amable, aunque Jacobo envidiaba el estilo de vida del joven empresario, su éxito en los negocios. Fue él quien planeó su secuestro con César Freyre Morales. Fue él quien le presentó a Juana Hilda González Lomelí, la novia de César: una belleza a la que usaron de carnada.

La noche del 11 de julio, Hugo fue con ella al cine en Plaza Universidad. Al salir, Juana Hilda, quien se hacía llamar “Claudia”, lo llevó a su departamento. Ahí los esperaban Freyre, Jacobo, Brenda Quevedo Cruz (novia del segundo) y los hermanos Alberto y Tony Castillo Cruz. En ese sitio intentaron someterlo, pero terminaron matándolo. Una vez muerto, Brenda le tomó fotografías en la tina de baño; después lo descuartizaron.

Al llegar a Perugino 6, la señora Wallace llamó a la Policía Judicial del DF y a la Agencia Federal de Investigaciones (AFI). Pensaba que su hijo estaba secuestrado en el edificio. Su esposo, sus hermanos y sobrinos vigilaban las puertas. Ella solicitó que las autoridades inspeccionaran el inmueble, pero éstas se negaron. Las evidencias del asesinato se perdieron o fueron descubiertas cuatro días después —como la licencia de conducir de Hugo, por ejemplo— cuando un juez dictó la orden de cateo.
La señora Wallace pidió a la policía que vigilara el lugar. Sus palabras cayeron en el vacío.
—Los agentes se retiraron. Me dijeron que llevarían a cabo las investigaciones de acuerdo con el protocolo. Desconozco cuál es ese protocolo, nunca me lo explicaron.
Juana Hilda González Lomelí fue la primera en caer. Era demasiado atractiva para pasar inadvertida.

Ante la indiferencia de las autoridades, la señora Wallace había decidido trabajar por su cuenta. Con la ayuda de su familia no dejó de vigilar el edificio, ni de interrogar a los vecinos sobre la identidad de la muchacha que vivía en el departamento 4.

Así supo que era bailarina, que procedía de Guadalajara y trabajaba en el Grupo Clímax, que en ese momento triunfaba con la canción “Mesa que más aplauda”.
La señora Wallace buscó en internet. Descubrió que el representante del grupo se llamaba Óskar Lobo y radicaba en Veracruz. Viajó al puerto para buscarlo. Le dijo que trabajaba en un corporativo y estaba interesada en contratarlo. Le pidió un CD con todas sus bailarinas, “porque a mi jefe le gusta una de ellas y quiere que participe en el evento que vamos a organizar”.

Lobo le dio el disco, ella imprimió las fotos y comenzó de nuevo a recorrer Perugino, esperando que alguien pudiera identificarla. Lo hizo una señora que vendía quesadillas.

Con esta información, y una lista con los nombres y teléfonos de los inquilinos, que había obtenido del dueño del edificio, supo que la muchacha se llamaba Juana Hilda González Lomelí.

Viajó a Guadalajara y revisó con lupa el directorio telefónico. Halló con facilidad a la madre de Juana Hilda. En la AFI obtuvo el registro —“la sábana”— que contenía las llamadas que entraban y salían de la casa de la señora. Descubrió que la muchacha se ponía en contacto con su madre desde teléfonos públicos del sur de la ciudad de México.

Un día, la madre dejó de marcar desde su casa y comenzó a llamar desde una tienda cercana. Juana Hilda marcó una vez a la tienda, y su número quedó registrado en el identificador. La señora Wallace convenció a la dueña del negocio de que se lo entregara. Acababa de obtener la primera pista sólida: la dirección de Juana Hilda.
Vivía en un condominio de Tenorios 91, en la colonia Ex Hacienda de Coapa, con un hombre con el que iba a todas partes en una camioneta negra Navigator. La señora Wallace decidió esperar, antes de detenerla. Durante tres largos días se volvió su sombra; la seguía a todas partes, con esperanza de que la llevara al sitio donde estaba secuestrado su hijo.

En la persecución colaboraron sus hermanos, Roberto y Nina.
—Teníamos que utilizar dos o tres autos diferentes, para que no vieran siempre el mismo atrás de ellos —recuerda.

Estaba sola en su investigación. Desde agosto de 2005 desistió de las denuncias que había presentado ante la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (SIEDO) de la PGR y la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.
—Cometí el gran error de creer en las autoridades —dice—. Al principio les entregaba de manera cándida todas mis pruebas, pero pronto me di cuenta que de no servía de nada. En la Agencia Federal de Investigaciones, que dirigía Genaro García Luna, nunca se interesaron en mi caso, y en la PGJDF son tan torpes que dan pena.

No sólo eso: los propios policías informaban a los delincuentes de los avances que ella iba obteniendo. La complicidad resultaba evidente.

El acompañante de Juana Hilda era César Freyre Morales. La señora Wallace no lo reconoció, a pesar de haberlo visto en una fotografía. Quizá porque era vieja y él aparecía más delgado.

En esos tres días, Freyre visitó a su santero, estuvo en la casa de su madre, frecuentó algunos bares y centros nocturnos. Y supo que lo seguían, porque se volvió precavido.

La mañana del 10 de enero de 2006 la señora Wallace y su hermano Roberto vigilaban desde un auto la casa de Juana Hilda. Llegaron de pronto unos policías pretendiendo detenerlos, la bailarina del Grupo Clímax los acusaba de quererla secuestrar. La señora Wallace se identificó. Llegaron más policías, agentes judiciales, y hablaron con Freyre y Juana Hilda. Los dejaron irse en la Navigator negra último modelo.

En el estacionamiento, la pareja dejó un Mustang rojo convertible. Ese auto fue la perdición de Juana Hilda. Quiso recuperarlo, y al regresar por él al condominio fue detenida por un grupo de agentes enviados por José Luis Santiago Vasconcelos, director de la SIEDO, con quien la señora Wallace se puso en contacto al observar la sospechosa actitud de la policía del Distrito Federal.

El acompañante de Juana Hilda era un hombre alto, corpulento, con los brazos tatuados, que tenía facha de judicial y poseía un Mustang. La señora Wallace comenzó a preguntar por él en la PGR y en la Procuraduría del Distrito Federal. Nadie sabía nada. Pero el dinero hace milagros. Un agente le proporcionó dos datos: se llamaba César Antonio y trabajaba en la Policía Ministerial de Morelos.

El nombre era falso, pero sus características físicas no resultaban comunes. En Cuernavaca, el comandante de la Unidad Antisecuestros del estado la encaminó hacia quien podía ayudarla: un judicial que le reveló la verdadera identidad y le entregó una foto del sujeto que andaba buscando. Así conoció el nombre y el rostro de César Freyre Morales, dado de baja el 5 de abril de 2004 en la Procuraduría General de Justicia de Morelos por resultar positivo en un examen toxicológico. Fue el primero de la banda al que identificó.

La captura de Freyre hubiera sido imposible sin establecer la relación sentimental que sostenía simultáneamente con Juana Hilda y con Keopsky Daniela Gisel Salazar Juárez. Habría sido imposible sin la paciencia de la señora Wallace. Por debajo del agua, ella compró las “sábanas” con las llamadas que su hijo hizo y recibió en las últimas semanas de vida. Puso a su hija Claudia, y a sus hermanos y sobrinos, a revisarlas. Eran muchas, debido a la actividad empresarial de Hugo. Parecían jeroglíficos imposibles de descifrar. El horizonte, sin embargo, comenzó a despejarse cuando, luego de varios días de trabajo, al marcar a uno de los números que aparecían en la lista, escucharon una voz en la contestadora que Luis Alberto, quien había regresado a México para colaborar en la búsqueda, identificó de inmediato. El teléfono se hallaba a nombre de Carmen Ortega Becerra, uno de los alias empleados por Juana Hilda.

Isabel Miranda de Wallace adquirió la “sábana” que registraba las llamadas de “Carmen” y al investigarlas dio con el número de una mujer llamada Luisa Salazar. Llamó y le respondió una joven a la que ubicó en la colonia Xalpa, en Iztapalapa. Era amante del hombre con facha de judicial, quien algunas veces le pedía su celular para enviar misteriosos mensajes. La joven tuvo curiosidad y quiso saber de quién era ese número. Cuando marcó y escuchó la voz de una mujer, comprobó que su novio la engañaba. Una llamada, una sola, estableció la relación entre los tres.

La señora Wallace fue a Iztapalapa con su hermano Roberto. Una vecina le dijo lo que necesitaba saber: la mujer llamada Luisa Salazar era abuela de una muchacha llamada Keopsky; tenía 18 años y andaba con un tipo que parecía judicial y conducía un Mustang.

También se enteró de que una de las hermanas de Keops —como le dicen— era pareja del hermano de César, Jonathan Freyre. Trabajaba como hostess en el restaurante Angus de la Zona Rosa, famoso por sus meseras esculturales. La señora Wallace se volvió clienta asidua.

La captura de Juana Hilda puso en alerta a Freyre, quien por un tiempo se refugió en la casa de la mamá de Keops, de la que entraba y salía oculto en la cajuela de un auto. Sabía que lo podían detener en cualquier momento, y se dispuso a huir del país.

En una de sus visitas al Angus, la señora Wallace escuchó que Keops hablaba de El Yanqui —como apodaban a Freyre— con una compañera.
—Me voy a ir a El Salvador con El Yanqui —dijo—, porque él se tiene que enfriar.

En ese momento, la señora Wallace tomó la decisión de detener a Freyre. No podía permitir que escapara.

Llamó a su hermano Roberto, y cuando Keopsky salió del restaurante, ambos la siguieron en un taxi. Ella viajaba en otro y se bajó en la esquina de Mier y Pesado y Obrero Mundial. Caminaba hacia su departamento cuando vio a Freyre salir de una tienda. Estaban a punto de encontrarse, cuando entre ellos se interpuso la señora Wallace.
—Cuando lo vi —comenta— no me pude contener y estúpidamente, porque nada más iba con mi hermano, me enfrenté con él. Me dijo, con malas palabras, que dejara de fastidiarlo, que me iba a cargar la chingada. A mi hermano le dijo que le iba a pasar lo mismo. No dejaba de amenazarnos.

Freyre sacó su pistola y le apuntó. Al ver amenazada a su hermana, Roberto lo tacleó e intercambió golpes con él. Ella recuerda la escena:
—Bendito sea el Señor, cuando comencé a pedir ayuda pasaron unas patrullas, porque él ya tenía sometido a mi hermano con su arma. Les dije a los policías que era el secuestrador de mi hijo. Él negó todo pero en ese tiempo yo cargaba siempre una maleta en la que llevaba pruebas y documentos. Saqué unas carpetas lefort en las que guardaba copias de mis denuncias, de mis declaraciones. Demostré que yo lo había acusado como secuestrador de mi hijo y que él tenía orden de localización. Los patrulleros lo entregaron a la SIEDO. Así fue como ocurrió la captura de César Freyre la noche del 26 de enero de 2006.

En la PGR, el coordinador de la Unidad Antisecuestros de la SIEDO, Jorge Rosas, le explicó a la señora Wallace que no podían acusar de delincuencia organizada a Freyre y Juana Hilda, como ella quería. Para eso necesitaba comprobarles cuando menos un secuestro más.
—¿Cómo lo voy a hacer, si a duras penas estoy investigando el de mi hijo? —preguntó.
“Me preocupé mucho, me parecía una aberración que fuera yo quien tuviera que probar delincuencia organizada en este caso”.
Pero la necesidad alienta la imaginación:
—Viendo la publicidad en la calle, se me ocurrió que tal vez, poniendo un espectacular con la cara de Freyre, algunas de sus víctimas podrían reconocerlo y platicarme su experiencia. Así sucedió, varias personas se me acercaron para darme información y de esta manera pudimos probarles cuatro secuestros más, entre ellos el de la señora Bárbara Cyndi, a quien tuvieron en el departamento de Jacobo Tagle Dobín, en Viaducto 176. Ella estuvo 69 días encerrada en un clóset con su niño. Ahí la violó Freyre. Cuando la liberaron, regresó al día siguiente con la policía y les enseñó la casa. Nunca fueron por ellos. De haberlos capturado, no habrían cometido otros tres secuestros ni asesinado a mi hijo.

El espectacular, ubicado en la esquina de Paseo de la Reforma y Niza, llamó no sólo la atención de la gente que pasaba por ahí sino también de los medios.
—Seguramente —argumenta— porque hasta ese momento, por miedo, nadie se había atrevido a ponerle rostro y nombre a un secuestrador. Pero todo funcionó mejor de lo que esperaba y el anuncio fue muy comentado en los periódicos, en la radio y la televisión.

El 12 julio de 2005, al llegar al edificio de Perugino 6, la señora Wallace descubrió a un hombre obeso y con barba de candado que la observaba desde el descanso de la escalera.
—En medio del caos emocional, me fijé en él por su mirada rara, como de maldad. Me impactó tanto que cuando fui a levantar mi denuncia lo describí y pedí que lo llamaran a declarar. Nadie lo hizo.

Se trataba de Alberto Castillo Cruz, otro de los secuestradores y asesinos de su hijo. Sería el tercero en ser capturado por ella.

Le decían El Doctor y, según la declaración ministerial de Juana Hilda, quien implicó también a Tony, conocido como El Panqué y hermano de Alberto, fue el principal descuartizador del cuerpo de Hugo.

Experimentada ya en el análisis y cruce de datos, con información del IFE y el directorio telefónico, y la ayuda incondicional de su familia, la señora Wallace ubicó el domicilio de los Castillo Cruz en la calle El Bordo, en Acoxpa.

Fue a buscarlos con su hermano Roberto, pero se habían mudado. Los vecinos le dijeron que vivían en la colonia Del Reloj, donde tampoco los halló.
—Finalmente —comenta— otra gente nos remitió a la calle de Acueducto, por donde está la terminal Huipulco del Tren Ligero. Ahí encontramos a su mamá. Revisamos la “sábana” con sus llamadas y así pudimos localizarlos. Alberto estaba trabajando como técnico en computación y Tony como mensajero.

Sólo hasta que estuvo segura que los hermanos Castillo Cruz no tenían escapatoria dio aviso a la AFI.
—Alberto estaba saliendo de su trabajo, una tienda de computadoras en Reforma y Milán, cuando lo detuvimos. Al principio pretendió oponer resistencia, pero ya lo teníamos rodeado por agentes de la AFI. Eso fue el 8 de marzo de 2006. El 23 fuimos por Tony, que se había refugiado en la casa de su mamá y prácticamente nos estaba esperando; se entregó sin problemas.

Brenda, guapa y de buen cuerpo, conoció y se hizo novia de Jacobo Tagle Dobín en 2004. Él la introdujo en la organización de César Freyre Morales, donde pronto encontró una actividad a la medida de su vanidad: seducir hombres casados y llevarlos a hoteles de paso donde eran fotografiados. Con las fotos en la mano, Jacobo y César los extorsionaban. En algunos lugares distribuía cocaína y a veces viajaba a Acapulco con su novio, el jefe de la banda y la pareja de éste, Juana Hilda González Lomelí. Eran prósperos y felices como puede verse en las fotografías que se conservan de aquella época.

El asesinato de Hugo Alberto les cambió la vida. La señora Wallace era una sombra que se acercaba, que los iba cercando. Al darse cuenta de que podía terminar en la cárcel, después de un tiempo de andar a salto de mata con Jacobo, Brenda huyó a Venezuela. Obtuvo documentos falsos y algunos familiares la ayudaron para que viajara a Estados Unidos, donde con el nombre de Nadia Vázquez obtuvo la residencia.
La señora Wallace nunca dejó de buscarlos.
—Entre tantas locuras que he hecho —explica—, se me ocurrió poner una página con sus fotografías en YouTube. En el buscador, a ella le puse Recompensa, mujer bonita y a él Recompensa, hombre guapo. La idea era que la gente los viera y me ayudara a encontrarlos.
“En una ocasión recibí un mensaje que decía: ‘Por el amor de Dios comuníquese conmigo, creo saber dónde está Brenda. Trabaja cerca de donde vivo’ ”.
La señora Wallace se entusiasmó, y comenzó a escribirle a quien resultó una inmigrante hispana en la ciudad de Louisville, Kentucky. Le hacía preguntas. Le dijo cómo era Brenda e incluso le mandó una fotografía, decomisada, como tantas otras, de la casa de Juana Hilda en Tenorios 91.
—Le pedí que por favor checara si era ella, que le tomara una foto y me la enviara. No quería hacerlo, porque tenía miedo; sabía de lo que era capaz.
Brenda trabajaba en el bar Tapas Mojitos, donde en Halloween los empleados se disfrazan y toman fotografías con los clientes. Ésa fue la ocasión que aprovechó la informante de la señora Wallace para retratarla.
—Me envió una foto en la que Brenda está vestida de negro, como “conejita”. En cuanto la vi, reservé un boleto y en menos de 24 horas estaba en Kentucky. Me acerqué al bar y la miré de lejos. No quería que supiera que la había localizado.

La señora Wallace se comunicó con la licenciada Nicandra Castro, directora de la Unidad Especializada en Investigación de Secuestros de la PGR, para explicarle lo que estaba pasando. La licenciada le indicó que no hiciera nada, que permaneciera en su hotel y esperara la visita del FBI, con el que iba a ponerla en contacto.
—Efectivamente, me buscan los agentes del FBI, les enseño toda la documentación que llevaba: actas, investigaciones, fotografías, y ellos la detienen en su trabajo el 28 de noviembre de 2007 —dice la señora Wallace.

Brenda, con documentos falsos, estaba ilegalmente en Estados Unidos, por lo que procedía su deportación inmediata. Pero solicitó un abogado, argumentó que en México podía ser sujeta de tortura y pidió asilo político.

La PGR, que en este caso fue muy eficiente, hizo entonces una petición de extradición, y Brenda fue trasladada al Correctional Center de Chicago para que se le siguieran los dos procedimientos: uno por deportación y otro por extradición.

Dos años después, el 27 de diciembre de 2009, fue extraditada y actualmente se encuentra sujeta a proceso en las Islas Marías, desde donde, por esas cosas que sólo pasan en este país, sostiene una relación sentimental con un hombre llamado Fernando, preso en Santiaguito, en el Estado de México, y miembro de los Zetas.

A Jacobo Tagle Dobín se le acabó la suerte el viernes 3 de diciembre de 2010.

Durante cinco años y cinco meses eludió la persecución de la señora Isabel Miranda de Wallace. La cacería terminó de manera fortuita la madrugada en que fue aprehendido en el Fraccionamiento Lomas de Cuautitlán Izcalli, en el Estado de México. Una vecina lo denunció por golpear a su mujer. Llegó una patrulla cuando él iba saliendo de su casa, los policías lo detuvieron y le pidieron identificarse, al sacar una credencial, sucedió algo que no esperaba: se le cayó otra con un nombre diferente. Ya no pudo escapar.
—Tengo que agradecerle a esos patrulleros que no se hayan dejado corromper —comenta la señora Wallace—. Esa conducta, a pesar de que debería ser la normal, hay que resaltarla. Él les daba 60 mil pesos y su camioneta para que lo dejaran ir, pero ellos prefirieron entregarlo. La autoridades del Estado de México tienen el mérito de haber capturado, así sea por casualidad, al último de los asesinos de mi hijo.

La señora Wallace estuvo cerca de Jacobo algunas veces. Una de ellas en marzo de 2006. Protegidos por la madre de Brenda, él y su amante rentaron un departamento en un conjunto habitacional por el Ajusco, a espaldas de Six Flags. Una mañana, al asomarse por la ventana, Jacobo se encontró con la mirada de una ex novia, quien vivía en el edificio de enfrente. La mujer, enterada de su situación, se comunicó con la señora Wallace para darle la noticia.
—Cuando llegamos, había abandonado el departamento —comenta—. Ahí estaban sus cosas: algunas cajas, pants, sudaderas, tenis, algunos vasos… Estuvimos varios días vigilando el lugar, pero no regresó.

Un mes después, en Acapulco, donde sus contactos le dijeron que estaba Jacobo, la señora Wallace colocó un espectacular en la carretera a Punta Diamante. Enfrente estaba un hotel desde el que Jacobo la observaba. Al ver su fotografía, se sintió en peligro y, de nueva cuenta, libró el cerco cada vez más estrecho que le tendía la madre de una de sus víctimas.

La suerte de Jacobo comenzó a declinar en octubre, en un día sin luna.

La muerte de su hermana Julieta afectó profundamente a César Freyre Morales, preso en la cárcel del Altiplano.
—Él estaba en un momento vulnerable —dice la señora Wallace—. Ha tenido mucho tiempo para pensar y darse cuenta que al final nada es capaz de salvarlo de su conciencia.

Freyre la mandó llamar inesperadamente. Cuando lo vio, ya no era el tipo fanfarrón y prepotente que había enfrentado en varios careos.
—Toda la bravura se les acaba en la cárcel —reflexiona la mujer que lo puso tras las rejas.

Estuvieron solos, en una celda, diez minutos.
—Me dijo que me quería pedir perdón, que me admiraba mucho y que ojalá él hubiera tenido una madre como yo. Quizá porque la suya lo abandonó en la cárcel.

“Me dijo que le daba mucha tristeza que yo no cejara de buscar a Hugo y que iba a decirme dónde se hallaba, que estaba dispuesto a confesar ante un juez todo lo que había sucedido con mi hijo. Quería estar en paz y me pedía perdón, aunque estaba consciente que a lo mejor yo no lo iba a perdonar”.

Fuera de la celda había dos custodios. No escucharon la respuesta de la señora Wallace:
—Mira Freyre, no sé si te pueda perdonar algún día, pero ojalá Dios lo pueda hacer.

Él contestó con la voz alterada:
—Yo no creo en Dios, no me interesa el perdón de Dios, me interesa el de usted.
Freyre confesó cómo habían asesinado y descuartizado a Hugo Alberto y dónde habían arrojado una maleta negra con sus restos: en el Vaso Regulador de Cuemanco, en Xochimilco.

La señora Wallace comenzó a buscar el cuerpo desmembrado de su hijo en el Vaso Regulador, nuevamente con la ayuda de su hermano Roberto y ahora con la colaboración del gobierno de la ciudad de México y la Comisión Nacional del Agua.

Un incendio llevó al reportero Santos Mondragón, de Televisa, por el rumbo donde la señora Wallace estaba trabajando y aprovechó para hacerle un reportaje en el que, una vez más, se narró su historia y en la televisión apareció el rostro del único de los secuestradores y asesinos de su hijo que permanecía libre: Jacobo Tagle Dobín.
Uno de los hermanos de la pareja de Jacobo vio el programa y lo reconoció.
—No te hagas tonta, tú sabes con quién estás viviendo —le dijo cuando fue a visitarlo.

De vuelta a su casa, ella hurgó entre las cosas de Jacobo. En una maleta encontró credenciales en las que él aparecía con nombres distintos y cosas que utilizaba para disfrazarse: dientes, un bastón, pelucas.

Por la noche, increpó a Jacobo. Le preguntó quién era realmente Alejandro Salas García, el nombre con el que ella lo conoció un año antes en un centro nocturno.
Jacobo comenzó a golpearla, la arrastró frente a la computadora, le mostró una página y le dijo: “Este soy yo, y si dices algo te mato”.

La tuvo encerrada tres días, no la dejaba ir a trabajar. Ella le pidió perdón. Pero cuando Jacobo por fin la dejó salir, lo primero que hizo fue una llamada telefónica denunciándolo a la policía. No le hicieron caso. Dos días después fue físicamente a una delegación, puso una denuncia en la que asentó que su pareja era Jacobo Tagle Dobín, y regresó a su casa.

Quizá sospechaba algo porque Jacobo volvió a golpearla, a pesar de que tenía un embarazo de siete meses. Era de madrugada y los gritos de la mujer alteraron a una vecina, quien llamó a la patrulla que lo detuvo.

Plenamente identificado, la subprocuradora de la SIEDO, Marisela Morales, llamó a la señora Wallace para informarle la captura de Jacobo.
—Cuando a mí me llama la subprocuradora, dudé que realmente lo hubieran capturado, pero me trasladé de inmediato al Estado de México. Lo tenían en un cubículo y lo estaban interrogando. Era la primera vez que yo lo veía. Nunca había visto su cara antes del secuestro de Hugo.

“Al terminar el interrogatorio nos encontramos de frente. Él se me quedó viendo, sin decir nada. Yo le pregunté: ‘¿Por qué lo mataste?’. No le dije por qué lo secuestraste, sino directamente: ‘¿Por qué lo mataste?’. Me respondió:
—Yo no lo quería hacer, era sólo un secuestro que fraguó Freyre.
—Freyre no conocía a mi hijo —le repliqué.

“Entonces —continúa la señora Wallace— comenzó a disculparse, hizo el teatro de querer llorar y a decirme que él quería a Hugo, que era un buen hombre, que él nunca se hubiera atrevido a quitarle la vida, que todo había sido un accidente”.

La señora Wallace le dijo que mentía, le echó en cara la saña con que trataron el cuerpo de su hijo.

Jacobo contestó:
—Es que no podíamos sacar el cuerpo completo porque se hubieran dado cuenta los vecinos. Tan no queríamos matarlo que lo llevamos al departamento de Juana Hilda para después trasladarlo a mi casa, donde yo lo iba a cuidar.

Como Freyre, Jacobo también le pidió perdón a la señora Wallace por lo sucedido con Hugo Alberto. Su respuesta fue tajante:
—Le dije que no, que no lo voy a perdonar, a él es a quien más rencor le tengo. Él conocía a mi hijo, abusó de su confianza, de lo buena persona que era. Le dije que no lo iba a perdonar, aunque —la verdad de las cosas— algún día tendré que hacerlo, porque si no me hago daño a mí misma. Pero no tengo por qué decírselo.


José Luis Martínez S. Periodista. Es editor del suplemento Laberinto, de Milenio Diario.

Para esta versión se han utilizado trabajos publicados por el autor a partir de julio de 2008 sobre el secuestro y asesinato de Hugo Alberto Wallace Miranda, así como entrevistas inéditas con la señora Isabel Miranda de Wallace.

Fuente: Revista Nexos

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