Desde que se descubrió que las hormonas influyen en las relaciones de pareja, la ciencia no ha parado de investigar sobre cómo el cerebro responde ante el impulso más importante del mundo. Estas son las conclusiones más recientes
Cuando Ethan Hawke conoce a Julie Delpy en un tren en «Antes del amanecer», la romántica película de Richard Linklater, bastan un par de miradas para que ocurra el flechazo. Cualquier espectador es capaz de reconocer el sentido de la escena. Las primeras palabras que la pareja se cruza son de lo más prosaicas, pero la esencia del idilio ya ha comenzado segundos antes en sus sonrisas bobaliconas. Si un neurocientífico rompiera la ficción y se colara en la pantalla, podría explicar que Jesse y Céline, los personajes que interpretan Hawke y Delpy, acaban de tener un estupendo chute de oxitocina, dopamina, serotonina y adrenalina, entre otras hormonas, que, sin exagerar, ha conseguido enajenarles. Básicamente, esto es el amor.
Ellas prefieren a los hombres difíciles
Con motivo de la fecha favorita de los enamorados, el 14 de febrero, van aquí algunos interesantes artículos recogidos de aquí y de allá.Una investigación sugiere que las mujeres se sienten más atraídas por los varones cuyos sentimientos hacia ellas no están claros
Es la eterna pregunta, lo que ha hecho deshojar miles de margaritas y lo que parece que, al fin al cabo, engancha de verdad a las mujeres. Pero, ¿me quiere o no me quiere? ¿De verdad le gusto? Nada hay más sugerente que la incertidumbre. Cuántas veces ellas se quedan prendadas del chico más difícil, del que da una de cal y otra de arena, del que todavía no le ha hecho una mínima insinuación cuando todo indicaba que ya no iba a esperar más... Parece un tópico, pero según un estudio realizado por psicólogos americanos, esta idea tan manida esconde una gran verdad. Las mujeres se sienten más atraídas por un hombre cuando no están seguras de lo que él siente. La investigación aparece publicada en la revista Psycological Science, de la Asociación para la Ciencia Psicológica de EE.UU.
Muchas investigaciones psicológicas están de acuerdo en que, generalmente, a una persona A le gusta otra persona B tanto como crea que a B le gusta ella. Los responsables de la investigación, Erin R. Whitchurch y Timothy D. Wilson, de la Universidad de Virginia, y Daniel T. Gilbert, de la Universidad de Harvard, lo explican de una manera muy simple con dos personajes: Bob y Sarah. «Si queremos saber cuánto le gusta Bob a Sarah, una buena forma de predecirlo es saber cuánto cree Sarah que ella le gusta a Bob», afirman. Pero, ¿qué ocurre si Sarah no está segura de cuánto le gusta a Bob? Esto hará que ella invierta un montón de tiempo en pensar en él, preguntándose qué es lo que siente, lo que lo convertirá ante sus ojos en alguien más atractivo cuanto más se mortifique por él.
La perseguidora, de José Luis Martínez S.
De cómo la señora Wallace rastreó y detuvo a los asesinos de su hijo
A las tres y media de la tarde del lunes 11 de julio de 2005, un día cálido y soleado, la señora Isabel Miranda de Wallace se despidió de su hijo Hugo Alberto. Estaba sentada en el escritorio de su estudio cuando él entró a pedirle la bendición. Fue la última vez que lo vio con vida.
Hugo, quien pronto cumpliría 36 años, estaba divorciado, tenía una hija y vivía solo. Pero todos los días visitaba a su madre y solía telefonearle cada noche.
Esa vez no lo hizo. Ella, extrañada, le habló a su casa, al radio, al celular. El silencio comenzó a angustiarla. A la una de la madrugada marcó el número de Locatel. “Me tacharon de loca” —recuerda la señora Wallace. Iban a llamarla de ese modo durante los años siguientes. De momento, le preguntaron la edad de su hijo y la fecha en que había desaparecido. Al ver que Hugo Alberto tenía 35 años, y que sólo habían transcurrido unas horas desde la última vez que fue visto, se negaron a tomar el reporte.
La señora Wallace pasó la noche en vela. Indagó en hospitales y delegaciones. No hubo noticias. Por teléfono, localizó a uno de los choferes de Hugo y le preguntó si sabía algo de él. El empleado contestó que no. Desesperada ante la falta de noticias, la señora Wallace le pidió que fuera a la casa de su hijo, ubicada en un condominio horizontal en la calle Galeana número 18, en San Jerónimo. El chofer siguió la orden e informó que la cama estaba intacta. Hugo no había llegado a dormir.
A las tres y media de la tarde del lunes 11 de julio de 2005, un día cálido y soleado, la señora Isabel Miranda de Wallace se despidió de su hijo Hugo Alberto. Estaba sentada en el escritorio de su estudio cuando él entró a pedirle la bendición. Fue la última vez que lo vio con vida.
Hugo, quien pronto cumpliría 36 años, estaba divorciado, tenía una hija y vivía solo. Pero todos los días visitaba a su madre y solía telefonearle cada noche.
Esa vez no lo hizo. Ella, extrañada, le habló a su casa, al radio, al celular. El silencio comenzó a angustiarla. A la una de la madrugada marcó el número de Locatel. “Me tacharon de loca” —recuerda la señora Wallace. Iban a llamarla de ese modo durante los años siguientes. De momento, le preguntaron la edad de su hijo y la fecha en que había desaparecido. Al ver que Hugo Alberto tenía 35 años, y que sólo habían transcurrido unas horas desde la última vez que fue visto, se negaron a tomar el reporte.
La señora Wallace pasó la noche en vela. Indagó en hospitales y delegaciones. No hubo noticias. Por teléfono, localizó a uno de los choferes de Hugo y le preguntó si sabía algo de él. El empleado contestó que no. Desesperada ante la falta de noticias, la señora Wallace le pidió que fuera a la casa de su hijo, ubicada en un condominio horizontal en la calle Galeana número 18, en San Jerónimo. El chofer siguió la orden e informó que la cama estaba intacta. Hugo no había llegado a dormir.
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