La vida de la hija de José Stalin, fallecida en la pobreza y la depresión el pasado 22 de noviembre en un asilo de Wisconsin, parece una dramática novela rusa sobre la herencia maldita de su estirpe.
Cuando ella nació su padre ya era un asesino, aunque entonces las muertes se contaban con los dedos de una mano y no en las registradas por millones apenas unos años después, víctimas sacrificadas en el altar de una trágica historia mientras ella era una tímida adolescente. Se llamaba Svetlana Stalina y era hija de José, el hijo de campesinos vuelto jefe absoluto del Estado soviético, el padrecito de la revolución, uno de los dictadores más crueles del siglo pródigo en tiranos. Ella murió con el nombre de Lana Peters, apellido de un ex marido estadunidense que le servía para ocultar las vergüenzas de su verdadero origen. Huyó de la Unión Soviética luego de la muerte de su padre, cuando el Kremlin le quitó sus privilegios de princesa. Terminó reivindicando la figura de su progenitor en los años ochenta, cuando volvió a su tierra natal. Vivió siempre huyendo de un pasado atroz, tuvo tantos amores como residencias y nunca pudo con el fantasma de aquel hombre que, según sus propias palabras, “le rompió la vida”. Ésta es su historia.