“Ahora sabemos volar”: indígenas presos en Chiapas

Paris Martínez
I.
Fue “de común acuerdo” que Juan se robó a su novia. Pero eso de decir “se robó” es, dice Pedro (amigo de Juan), casi-casi sólo por seguir la tradición… la tradición de decir “se robó”, porque en realidad todo fue de “común acuerdo”.
La cosa es que Juan y su novia se querían y se fueron a vivir juntos. Pero el papá de la novia no quería a Juan, así que lo acusó de secuestro.
Para saber de Juan, la policía chiapaneca fue por Pedro y por Rosario, cercanos a él. Rosario tenía cuatro meses de embarazo.
Pedro y Rosario fueron golpeados por la policía, hasta confesar su supuesta participación en el secuestro de la novia, y ambos, junto con Juan, ven hoy el día llegar e irse, como ayer, y como antes de ayer, y así desde 2006, en el penal número 5, de San Cristóbal de las Casas.

II.
Para poder visitar a Juan, a Rosario, a Pedro, a Alberto, a Alejandro, a Francisco, viniendo de fuera, se deben cruzar cinco controles de seguridad: en el primero, un sello oficial del reclusorio es estampado en el dorso del antebrazo; en el segundo quedan llaves, celulares, grabadoras; en el tercero una reja se abre, tras mostrar el sello en la piel y un trozo de madera con un número inscrito en él; y en el cuarto aguarda Alberto Patishtán, como quien recibe en la puerta de su casa a las visitas ansiadas, que en este caso son 20 integrantes del Movimiento por la Paz, que vienen a presentarle sus respetos.
Alberto está preso desde hace 12 años, y solía ser profesor en El Bosque, convulso pero ignorado municipio chiapaneco, donde en 1998 un conflicto entre la presidencia municipal oficial y las autoridades electas a través del sistema de usos y costumbres, aunque no reconocidas por el Estado, dejó al menos nueve muertos, tras la intervención de las fuerzas de seguridad.
Es en el marco de esta pugna que el profesor Patishtán fue acusado, en el año 2000, de asesinar a siete policías, en una emboscada en la que los sobrevivientes, de principio, dijeron no reconocer a ningún atacante por hallarse encapuchados.
Pese a ello, Alberto fue condenado a 60 años de prisión y, desde 2006 es el rostro más visible de la organización de personas presas injustamente en Chiapas denominada La Voz del Amate (en referencia a uno de los penales de esta entidad, en el que iniciaron huelgas de hambre cosiéndose los labios).
Alberto es el encargado de conducir a los visitantes a través del quinto puesto de control, donde los custodios, prestos, abren la reja que da paso a los patios del penal de San Cristóbal.

III.
Pedro es un joven sonriente, de mirada perspicaz, que fungió como los “ojos” de Alberto cuando, por una negligencia médica, estuvo a punto de quedar ciego, hace tan sólo unos meses.
Pedro tiene seis años preso y en su condena quedan 31 por cumplir. Pedro es el amigo de Juan y ambos, junto con el puñado de presos que rodean a Alberto, son los integrantes de La Voz del Amate.
“Lo que a nosotros nos urge es difundir que queremos nuestra libertad –explica Pedro–. Y no sólo la nuestra, sino la del 80% de los presos que, como en esta cárcel, están recluidos siendo inocentes, y que en la mayoría de los casos son indígenas, todo por causa de la corrupción que impera en el sistema de justicia.”
Pedro es, afirma, un defensor de los derechos humanos de los reclusos chiapanecos, víctimas, subraya, de negligencias médicas sistemáticas, de injusticias procesales de todo cuño y de constantes maltratos por parte de las autoridades penitenciarias.
“Nosotros no tenemos estudios –dice Pedro–, yo llegué aquí con sólo tercer año de primaria, y en prisión he estudiado y ya voy por la preparatoria… el maestro Patishtán nos ha enseñado a defendernos, nos ha enseñado mucho y ahora queremos enseñar a otros.”
La mirada de Pedro revolotea entre los invitados a la mesa, en la que sólo se sirve café endulzado con piloncillo, mientras explica cómo, mediante huelgas de hambre y denuncias públicas, a nivel nacional e internacional, La Voz del Amate ha logrado obtener, “por ahora”, el trato respetuoso que sus integrantes esperan dentro del penal, aunque falte todavía la justicia que venga de fuera y les devuelva la libertad. “Llevo seis años aquí –subraya Pedro–, y esos ya nadie me los repone, pero ansío salir, porque me acusan de un delito que no cometí, t aún con la libertad la lucha no termina, porque como una vez me escribió el profesor Alberto en una carta, que me envió desde uno de los penales al que lo trasladaron en represalia por las actividades que realizábamos, ahora nosotros somos como pajaritos, ahora sabemos volar… quizá yo aún no vuele muy bien, pero cada vez puedo llegar a árboles más lejanos, y ahí nos vamos, de árbol en árbol… el camino no termina.”

IV.
“Yo no sé tanto como los otros compañeros –dice Rosario, condenada a 27 años de prisión por el secuestro de la novia de Juan–. Pero seguiré luchando, junto a mis compañeros, para que a ninguna mujer en Chiapas le hagan lo que a mí.”
Rosario es una mujer joven, morena, cuyos pómulos enrojecen con las sonrisas, pero más con las lágrimas.
“Yo fui detenida el 10 de mayo –cuenta–, los policías me golpearon hasta sacarme una confesión, y me golpearon aunque estaba embarazada. Mi hijo nació en el penal, cuando nació no se movía, nació con parálisis cerebral a causa de los golpes que me dieron, él sufrió las consecuencias… Y yo comencé a luchar con los compañeros, no porque quisiera mi libertad, sino que quería salir de aquí para que mi hijo recibiera atención médica, quería verlo caminar, escucharlo decir ‘mamá’, pero no lo logré: mi hijo murió el año pasado, y yo ya no quería nada, ni la libertad, porque él se había ido… pero un día me levanté, caí en cuenta de que tenía otros hijos por los que era necesario vivir, seguir el camino, luchar para que ninguna mujer pierda a su hijo porque la policía la golpeó…”
Nadie más habla cuando Rosario habla. Nadie mueve una pestaña. Incluso las moscas dejan de volar por encima de los vasos de café.

V.
Son 20 los visitantes, pero es uno en particular quien lleva a los presos chiapanecos la voz de las víctimas agrupadas en el Movimiento por la Paz: Melchor Flores, padre de El Vaquero Galáctico, artista desaparecido en 2009 por policías de Nuevo León, y quien el pasado martes cumplió 30 años, los últimos cuatro de los cuales ha estado lejos de casa.
Pero pese a su ausencia, les dice Melchor a los presos de La Voz del Amate, “al final hay una luz, una luz llamada Esperanza, llamada Justicia, llamada Paz… yo no he dejado de luchar, de caminar, en busca de mi hijo, al que una vez le dije que se dejara de chingaderas y se pusiera a trabajar, cuando me dijo que quería viajar a Chiapas para conocer a los zapatistas, cuyas ideas él seguía… y mírenme, hoy soy yo el que está aquí, luchando como él quería hacerlo, suigiendo las ideas de nuestros hermanos, las ideas de ustedes… por eso –les dice Melchor–, reciban en nombre de las víctimas un mensaje de dolor, del dolor que nos embarga, y de amor, del amor por nuestros hijos.”

VI: epílogo
Sólo una hora ha durado la charla, tiempo insuficiente para hacer hablar a Juan sobre su novia. Pícaro ríe, cuando se le pregunta si aún lo visita, si el amor trascendió las cinco postas de seguridad. Pícaro ríe, solamente, pero sus ojos tristes dejan ver que nunca volvió.
Fuera, un ejército de pinos rodea el penal número 5 de San Cristóbal de las Casas, y en sus copas, una parvada de pajaritos se burla, en trinos frenéticos, de sus altos muros, y de sus rejas con alambre de púas, y de sus guardias vestidos de negro y de armas de alto poder.

Fuente: ANIMAL POLÍTICO

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